Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

El frío de la madrugada se coló de golpe en el despacho de la torre cuando la madera noble de la puerta exterior crujió bajo el primer impacto seco.

No era una llamada institucional ni el protocolo de una detención formal; el golpe sordo, acompañado por el chirriar metálico de los goznes forzados por un ariete hidráulico, retumbó en los cimientos centenarios de piedra como un latido furioso que anunciaba la llegada de la parca.

Arévalo, con el rostro surcado por arrugas de tensión, pero con la mirada firme de un veterano que ya lo ha visto todo en esta vida, se agachó con dificultad y extrajo de un arcón oculto bajo las tablas del suelo una vieja escopeta de caza de cañones paralelos.

El chasquido al introducir los cartuchos resonó con una claridad insoportable en la penumbra.

—Tienen equipos de asalto rápido de la propia autonómica, de los que no figuran en las actas oficiales —susurró el anciano, apoyando la espalda contra la librería del fondo—. A esta puerta de roble macizo le quedan exactamente tres embestidas antes de ceder por completo.

Lidia se había pegado al lateral del marco interior, justo en el punto ciego que formaba la esquina con la pared de piedra vista.

Tenía la Sig Sauer firmemente empuñada con ambas manos, el pulgar apoyado en el seguro y la respiración perfectamente rítmica, controlando cada pulsación delator.

Su mente operaba en modo frío y analítico: sabían que, si entraban allí, no venían a leerles sus derechos ni a confiscar el pendrive por la vía legal; venían a borrar la evidencia y a limpiar el tablero de juego eliminando cualquier testigo incómodo.

A su lado, Izan adoptó una postura defensiva que delataba su pasado de esfuerzo y resistencia física.

En lugar de armas de fuego, había descolgado de la pared un pesado hacha de leñador con mango de madera nudosa.

Tenía los nudillos blancos de apretar la empuñadura, y sus ojos fijos en la entrada destilaban una mezcla de rabia contenida y absoluta determinación.

No iba a permitir que acabaran con Lidia ni que el trabajo de Mateo Soler quedara sepultado en el silencio de una fosa clandestina.

—Cuando la madera reviente, lo primero que van a colar por el hueco es una carga aturdidoras o gas lacrimógeno para cegarnos y anular nuestros reflejos —advirtió Lidia en un hilo de voz, sin apartar los ojos del umbral destrozado—.

No podemos quedarnos en el centro de la sala.

Arévalo, mantente cubierto tras los archivadores metálicos del fondo.

En cuanto crucen la línea de fuego, Izan y yo nos encargaremos de barrer la entrada.

El segundo golpe contra la puerta fue devastador.

La madera principal se fracturó a lo largo de su eje vertical, desprendiendo una nube densa de serrín, polvillo antiguo y astillas afiladas que flotaron en la atmósfera como luciérnagas inertes.

El cerrojo principal reventó con un estrépito metálico que hizo temblar los cristales enrejados de los ventanucos.

El silencio que siguió a ese segundo impacto duró apenas dos segundos, una pausa dramática cargada de electricidad estática. Fue entonces cuando el tercer y definitivo golpe desquició la estructura.

La puerta cedió del todo, abriéndose de par en par en una violenta lluvia de escombros.

Antes de que el humo y el polvo de la madera rota pudieran disiparse, el haz cegador de una linterna táctica acoplada a un subfusil cruzó el umbral, cortando la oscuridad con una franja de luz blanca y despiadada. La trampa estaba servida.