CAPÍTULO 49
El zumbido del ordenador blindado de Arévalo cesó con un leve pitido metálico, indicando que el volcado de datos cifrados se había completado con éxito al otro lado de la línea.
El viejo exinvestigador exhaló un suspiro largo, pasándose una mano temblorosa por la frente antes de retirar el pendrive del puerto USB y entregárselo a Lidia como si se tratara de una reliquia sagrada.
—Ya está en sus manos —anunció Arévalo con voz ronca, mirando de reojo el viejo reloj de pared que marcaba las tres de la madrugada—.
El juez Vidal no es de los que se arrugan.
A estas horas ya estará movilizando a la unidad especial de la fiscalía.
Lo que habéis enviado es una bomba de relojería para la cúpula.
Lidia guardó el dispositivo en la bolsa estanca y asintió con la mandíbula tensa, sintiendo por fin que el peso del plomo comenzaba a aflojarse ligeramente en su nuca.
Sin embargo, Izan no apartaba los ojos de la ventana enrejada.
El silencio exterior, roto únicamente por el goteo constante de la lluvia sobre la piedra, tenía algo de calma tensa previa a la tempestad.
—Han tardado demasiado poco en encontrarnos como para confiarnos ahora —advirtió el marinero, dando un paso hacia la puerta con la barra de hierro improvisada que aún conservaba en la mano—.
Si la cúpula autonómica tiene acceso a los terminales internos, sabrán que la señal de datos ha saltado desde esta cuadrícula de la comarca, por muy blindada y analógica que sea la línea de cobre.
Como si sus palabras hubieran convocado a los fantasmas, un par de haces de luz intensa atravesaron repentinamente las rendijas de los ventanucos, barriendo la fachada de piedra de la torre.
El motor ronco de un vehículo todoterreno pesado se detuvo seco en el exterior, seguido por el sonido metálico de portezuelas cerrándose al unísono.
Arévalo se levantó de golpe, apoyándose con fuerza en su bastón mientras maldecía en voz baja.
—Malditos sean. Saben exactamente dónde estamos.
—No van a entrar con orden judicial, vienen a liquidarlo todo —espetó Lidia con frialdad táctica, desenfundando la Sig Sauer y comprobando el cargador con un chasquido seco—. Izan, apaga la estufa. Quedémonos a oscuras.
La única bombilla de filamento del techo parpadeó y se extinguió cuando el viejo Arévalo cortó el interruptor general desde la pared contigua, sumergiendo el despacho en una penumbra densa, apenas rota por el resplandor de las brasas moribundas de la chimenea.
Afuera, unas pisadas firmes y pesadas comenzaron a resonar sobre el sendero de gravilla y barro. La partida por la verdad había llegado a su punto de ebullición, y el asedio a la torre de San Cristóbal no iba a dejar margen para la retirada.