CAPÍTULO 48
El viejo Arévalo tecleó con soltura sobre el teclado mecánico del ordenador blindado, mientras las líneas de código verde parpadeaban en la pantalla monocroma reflejándose en sus gafas de aumento.
Al otro lado del cable de cobre analógico, la línea segura comenzó a emitir un tono de rellamada largo y grave.
—Tranquilos —murmuró el exinvestigador sin apartar la vista de los comandos—.
Esta línea salta directamente al despacho privado del magistrado Vidal en Madrid.
Un hombre que se jubiló el año pasado tras negarse a archivar tres casos de corrupción sistémica en las altas esferas.
Si hay alguien en este país con potestad moral y legal para admitir un dosier de esta magnitud sin que la cúpula pueda corromperlo en el juzgado de guardia, es él.
Izan permanecía de pie junto a la mesa, cruzando los brazos con los nudillos todavía marcados por la tensión de la huida, mientras vigilaba de reojo la pequeña ventana enrejada que daba al camino forestal de la torre.
Lidia, con la Sig Sauer guardada de nuevo en el cinto y la bolsa de pruebas estanca bien sujeta bajo el brazo, observaba la pantalla con la respiración contenida.
Cada segundo que pasaba en aquella torre era una moneda al aire; sabían que las fuerzas de la autonómica no tardarían en rastrear sus pasos o peinar las rutas de la comarca.
El tono sordo de rellamada se cortó de golpe. Un chasquido metálico y una voz profunda, áspera por los años y el tabaco, resonó a través del pequeño altavoz conectado al terminal.
— Diga. ¿Quién es? —preguntó el exjuez Vidal desde el otro lado de la línea.
—Soy Arévalo, señoría —respondió el anciano con firmeza, acercándose al micrófono—.
Y no llamo para saludar. Tengo conmigo a dos mandos operativos que acaban de interceptar el dosier completo sobre el desfalco del astillero, transferencias internacionales al partido y la ejecución encubierta de Mateo Soler.
Las firmas llevan la rúbrica directa del Director General de la autonómica.
Al otro lado del teléfono se hizo un silencio absoluto, tan espeso que parecía congelar el aire de la habitación. Ninguno de los tres se atrevió a respirar.
— ¿Estás seguro de lo que tienes entre manos, viejo amigo?
—la voz del magistrado sonó ahora afilada, cargada de una fría y peligrosa urgencia—.
Si ese material es auténtico, la maquinaria del Estado se va a mover para aplastaros antes de que amanezca.
Ya no estamos hablando de un juzgado de instrucción local; hay demasiada moqueta institucional manchada.
—Es cien por cien auténtico, señoría —intervino Lidia acercándose al aparato, con la voz firme y clara—.
Tengo las copias originales en un pendrive, extractos bancarios con sello notarial y el vídeo póstumo de la víctima confesando la trampa.
Han intentado reventar mi casa hace menos de una hora y nos persiguen con orden de neutralización.
Necesitamos que inicie el protocolo de blindaje judicial inmediato antes de que nos alcancen.
Nuevo silencio al otro lado. Luego, el crujido de una silla de madera al echarse hacia atrás y el carraspeo del juez.
— Envíen la copia cifrada a través del protocolo seguro que ya conoces, Arévalo —ordenó el magistrado Vidal con una autoridad implacable—.
Yo me encargo de activar a dos inspectores incorruptibles de la fiscalía anticorrupción y convocar un registro de urgencia en la sede central antes de las ocho de la mañana.
No salgáis de ahí bajo ningún concepto. A partir de este momento, estáis bajo mi salvoconducto.