CAPÍTULO 47
El interior de la torre olía a café viejo, tabaco de pipa y al papel ajado de miles de expedientes apilados en estanterías de suelo a techo.
No había pantallas planas ni zumbidos de servidores; tan solo el calor constante de una estufa de leña en el rincón y el tictac pausado de un reloj de pared antiguo que parecía marcar el ritmo de otro siglo.
Arévalo cerró la puerta de roble con cerrojo y tranca antes de volverse hacia Lidia, que ya se había quitado la cazadora empapada y dejaba la bolsa de pruebas estanca sobre la mesa de trabajo central.
—Has tardado demasiado en venir a verme para ser una visita de cortesía —gruñó el exinvestigador, señalando con un gesto de la barbilla hacia el exterior—.
Afuera hay un marinero esperando en el coche que lleva la cara de estar metido en un buen atolladero.
¿A quién habéis enfadado esta vez, Lidia?
¿A los capos de la portuaria o habéis tocado la moqueta del despacho del mismísimo Director General?
—A los dos, Arévalo —respondió Lidia sin rodeos, abriendo la bolsa y sacando el pendrive y los folios plastificados con las firmas ológrafas—.
Tenemos el dosier original del astillero, copias de las transferencias a paraísos fiscales y el vídeo póstumo de Mateo Soler.
Los de la cúpula ya han intentado reventar mi casa.
Nos persiguen con orden de neutralizarnos antes de que esto vea la luz.
El anciano se acercó despacio, apoyándose en un bastón de madera nudosa, y se quedó mirando los documentos sobre la mesa de pino. Sus ojos escrutaron las firmas y los sellos de entrada con una mezcla de fría satisfacción y amargura contenida.
—Sabía que ese chaval no había huido con el dinero —murmuró Arévalo, sacando una lupa de aumento de un cajón y examinando las marcas de agua de los folios—.
Lo acorralaron para tapar el agujero de las campañas electorales y el desvío urbanístico de la costa.
Y lo que tenéis aquí no es solo una prueba de blanqueo; es la prueba de que ordenaron su ejecución disfrazándola de accidente en el mar.
En ese momento, la puerta que comunicaba con el zaguán se abrió de golpe. Izan había dejado el coche oculto en el cobertizo y había entrado en la torre tras ver que la situación en el exterior se mantenía tranquila, aunque traía el rostro tenso y la respiración acelerada.
—Arévalo —saludó el marinero con un breve movimiento de cabeza, cerrando la puerta con pestillo tras de sí—.
No hay rastro de coches patrulla por el camino forestal, pero si tienen acceso a las balizas de geolocalización o a nuestros teléfonos, nos encontrarán en cuestión de horas.
Necesitamos certificar la validez de este dosier y sacarlo a la luz pública de forma que no puedan destruirlo ni desacreditarlo.
El anciano esbozó una sonrisa torcida, mostrando una dentadura desgastada por los años, y se arrastró pesadamente hasta un rincón oscuro de la sala, donde reposaba un viejo ordenador portátil blindado, desconectado de cualquier red y protegido con un sistema de encriptación militar que él mismo había diseñado en sus últimos años en activo.
—Que nos busquen si se atreven —dijo Arévalo conectando el pendrive al puerto USB del aparato antiguo—.
En esta torre no hay cobertura, ni repetidores, ni fibra óptica que valga.
Pero tengo una línea de cobre directa y cifrada con un viejo juez de la Audiencia Nacional que lleva esperando este momento desde que lo forzaron a jubilarse anticipadamente.
Conectemos esto, saquemos copias notariales digitales y hagamos que explote el sistema desde dentro.