Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

La lluvia comenzó a amainar, convirtiéndose en una fina cortina de agua que empañaba los flancos del coche mientras Lidia conducía por la comarcal secundaria.

Los neumáticos de su coche apenas emitían un murmullo sordo sobre el asfalto empapado, serpenteando entre los bancales de olivos y las laderas oscuras que ascendían hacia la sierra.

Izan mantenía la vista clavada en el retrovisor central, vigilando los destellos intermitentes del asfalto a lo largo de los kilómetros recorridos.

Nadie los venía persiguiendo de cerca, pero ambos sabían que era cuestión de tiempo.

El sistema de matrículas inteligentes de la autonómica no tardaría en fichar el vehículo en cuanto cruzara algún arco de control o cámara de peaje secundario.

—¿Cuánto falta? —preguntó Izan rompiendo el silencio espeso que llenaba el habitáculo, con el ordenador portátil y la bolsa de pruebas resguardados bajo su asiento.

—Diez minutos si no nos saltamos el desvío —respondió Lidia sin apartar los ojos de la carretera, con los dedos aferrados al volante—.

La antigua torre de vigilancia de San Cristóbal está en lo alto del risco.

Mateo Soler no era el único que sabía moverse por los puntos ciegos de esta comarca; el viejo Arévalo lleva retirado del cuerpo desde hace un lustro, pero su despacho en la planta baja de la torre es una fortaleza analógica.

No hay redes wifi, ni fibra, ni bases de datos conectadas a la central.

Todo lo guarda en archivadores metálicos y discos duros aislados.

El coche redujo drásticamente la marcha al llegar a un desvío sin asfaltar, oculto tras una espesura de pinos. El firme de tierra y piedras sueltas crujía bajo las ruedas mientras el camino ascendía en una pendiente pronunciada, serpenteando hasta perderse en la neblina nocturna.

Al coronar la colina, la silueta de la torre medieval restaurada se recortó contra el cielo plomizo.

Una única luz tenue, de un tono cálido y parpadeante, se filtraba a través de los ventanucos enrejados de la planta baja.

No había rastro de otros vehículos ni de vigilancia policial en los alrededores; el aislamiento del lugar era absoluto.

Lidia apagó los faros del coche a unos cincuenta metros de la entrada, dejándolo marchar por inercia hasta detenerlo junto a un cobertizo de piedra.

—Quédate aquí un momento vigilando el perímetro —le indicó Lidia a Izan, sacando la Sig Sauer de la guantera para comprobar el cargador antes de guardarla con discreción en el cinto—. Voy a comprobar si el viejo sigue armado y dispuesto a recibir visitas a estas horas.

Lidia caminó con paso firme bajo la llovizna residual, sorteando los matorrales hasta llegar a la puerta de roble macizo de la torre.

No hizo falta llamar con los nudillos; antes de que pudiera levantar la mano, el pestillo interior cedió con un chasquido metálico y la hoja de madera se abrió unos centímetros.

Tras ella apareció un rostro surcado por arrugas profundas, con una barba blanca de varios días y unos ojos pequeños y agudos que brillaban con una lucidez desconcertante bajo la luz de una bombilla de filamento.

—Lidia —dijo el anciano con voz ronca, abriendo del todo la puerta sin asombrarse lo más lo mínimo—. Sabía que tarde o temprano aparecerías por aquí con problemas graves. Entra antes de que el reuma me gane la partida.

Lidia cruzó el umbral de un solo paso, aliviada al comprobar que el viejo Arévalo seguía siendo el mismo llanero solitario de siempre, ajeno a los tentáculos de la cúpula que intentaba darles caza.