CAPÍTULO 45
El agua fría del patio interior les azotó el rostro de inmediato, disipando el olor a pólvora quemada y madera rota.
Lidia se levantó del suelo con un sobresalto, comprobando instintivamente que la bolsa de pruebas estanca y el portátil seguían intactos bajo su chaqueta.
A su lado, Izan ya había forzado la cancela trasera de servicio que comunicaba el patio de vecinos con un callejón secundario, una vía ciega para los coches patrulla pero perfecta para huir a pie.
—Por aquí, ¡rápido! —indicó el marinero, agarrándola del brazo para tirar de ella en plena oscuridad.
Corrieron bajo el aguacero, esquivando contenedores de basura volcados por el temporal y saltando charcos profundos mientras el eco de los gritos de los agentes resonaba a sus espaldas, rompiendo los cristales de la galería.
Sabían que el bloque de pisos estaba completamente rodeado por la parte delantera, pero el callejón trasero les concedía unos minutos preciosos de ventaja antes de que los refuerzos comprendieran por dónde habían escapado.
Tras doblar dos esquinas a toda velocidad, empapados de pies a cabeza y con la respiración entrecortada, llegaron hasta el utilitario de Lidia, que había quedado aparcado en una calle transversal a pocas manzanas de allí.
Lidia pulsó el botón del mando a distancia al doblar la esquina y, con el llavero ya en la mano, abrió la puerta de un tirón.
Una vez dentro, metió la llave en el contacto; el motor tosió un par de veces antes de arrancar con un zumbido eléctrico, y el vehículo se despegó del bordillo derrapando ligeramente sobre el asfalto mojado.
—¿A dónde vamos, Lidia? —preguntó Izan con los nudillos todavía blancos, exhalando el aire acumulado en los pulmones mientras se quitaba la humedad de la cara con el antebrazo—.
Si volvemos a la ciudad, nos cazarán en cualquier control de carreteras.
Tienen radios, matrículas y órdenes directas de la cúpula.
Lidia mantuvo los ojos fijos en el parabrisas, limpiando el vaho con la mano mientras el limpiaparabrisas trabajaba al máximo rendimiento bajo la tormenta. Su mente de investigadora, curtida en mil operativos, descartó al instante cualquier refugio convencional.
—No vamos a la ciudad —respondió con voz firme, girando el volante con decisión hacia la carretera comarcal que ascendía hacia el interior—. Vamos a buscar al único hombre que puede descifrar los contactos notariales de este dosier sin pasar por los despachos oficiales de la autonómica.
Izan la miró de reojo, intentando adivinar el destino.
—¿Quién?
—Un viejo colaborador de la brigada de delitos económicos que se jubiló hace tres años harto de la corrupción institucional —explicó Lidia pisando el acelerador a fondo, dejando atrás las luces de la costa—.
Vive aislado en una antigua torre de vigilancia en el corazón de la comarca.
Si alguien en esta región puede autentificar las firmas del Director General sin que salte la alarma en el sistema central, es él.
La carretera serpenteaba entre bosques oscuros y colinas envueltas en una niebla espesa, mientras la noche de agosto terminaba de tragarse el paisaje.
Eran prófugos, perseguidos por su propio bando y con una prueba que valía sus propias vidas, pero la partida por derribar a la cúpula corrupta no había hecho más que empezar.