CAPÍTULO 44
El marco de la puerta estalló hacia dentro en una lluvia de astillas afiladas. Antes de que el humo de la madera rota pudiera disiparse, una figura oscura con chaleco antibalas y el rostro parcialmente oculto por un verdugo cruzó el umbral con el arma en ristre.
Lidia, agazapada tras el murete del pasillo, no dudó ni un segundo. Apuntó al suelo, justo a la altura del marco, y disparó un tiro de advertencia que rebotó contra los azulejos del recibidor con un chasquido ensordecedor.
—¡Policía! ¡Quieto o vuelvo a disparar! —gritó con una autoridad de acero que hizo dudar al asaltante por una milésima de segundo.
—¡Por la espalda, Lidia! —rugió Izan.
El aviso llegó justo a tiempo. Por el flanco izquierdo, abriéndose paso por la cocina a través de una segunda entrada que conectaba con la galería interior, un segundo agente irrumpió con la pistola apuntando directamente al pecho de Izan.
Sin pensarlo, el marinero levantó la barra de hierro corta del paragüero y, con un giro seco y violento, la estrelló contra la muñeca del atacante.
El arma metálica cayó al suelo con estrépito, seguida de un grito de dolor ahogado por parte del intruso, que trastabilló hacia atrás.
—¡Fuera de mi casa! —chilló Lidia, cubriendo a Izan mientras encañonaba al primer asaltante, que intentaba recomponer la postura táctica.
El tiempo se había desvanecido. No había espacio para la negociación ni para las dudas de despacho.
Con una rapidez felina, Lidia se agachó y alargó el brazo hacia la mesa del salón, atrapando la bolsa de pruebas estanca y el ordenador portátil con una sola mano, mientras con la otra mantenía la pistola firme frente a los agentes de la superioridad.
—¡Izan, la ventana de la galería! —ordenó, barriendo el pasillo con el cañón del arma—. ¡Nos van a acorralar!
El piso de Lidia, situado en una planta baja elevada con acceso directo a un patio interior trasero, ofrecía la única vía de escape posible que aquellos mercenarios con placa no habían cubierto del todo, confiados en que la puerta principal sería una trampa sin salida.
Izan no se lo pensó dos veces. Se precipitó hacia la cocina, empujó con el hombro la puerta de aluminio de la galería y de un fuerte empujón destrozó el pestillo de la contraventana que daba al patio de vecinos, donde la lluvia de finales de agosto caía con fuerza sobre los adoquines empapados.
—¡Vámonos! —gritó el marinero desde el hueco abierto.
Lidia retrocedió con los ojos fijos en los dos agentes, que volvían a avanzar con los fusiles y las pistolas listas para abrir fuego real.
Justo cuando el primer proyectil impactaba contra la jamba de la puerta, haciendo saltar esquirlas de yeso a pocos centímetros de su cabeza, Lidia se tiró de cabeza a través del ventanal hacia la lluvia, rodando sobre el suelo de baldosas mojadas del patio.
Se habían convertido oficialmente en prófugos de su propia ley. Con el pendrive a buen recaudo y la prueba definitiva delatando a la cúpula, la huida hacia delante acababa de empezar.