Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

El golpe seco contra la madera del piso volvió a repetirse, esta vez acompañado de un crujido metálico que hizo que el cerrojo temblara en su alojamiento. No era una visita al uso ni un error de vecino; la insistencia metódica y fría delatoría demostraba que venían a por ellos.

Lidia se puso en pie de un salto, con el corazón martilleándole en las sienes.

Con un gesto rápido y silencioso, le indicó a Izan que se agachara junto a la mesa del salón mientras ella se deslizaba hacia el pasillo, buscando el cajón de la mesilla donde guardaba su arma reglamentaria, la Sig Sauer que rara vez sacaba fuera de servicio.

—Abre, Lidia. Sabemos que estás dentro —una voz fría y desconocida atravesó la puerta de entrada, amortiguada pero con el tono autoritario de quien está acostumbrado a dar órdenes en despachos oscuros—. No hagas una locura. No hay salida.

Izan frunció el ceño desde su escondite, con los ojos abiertos de par en par. No era Cifuentes. Era una voz totalmente ajena a su equipo del día a día. El estómago le dio un vuelco.

—Nos han rastreado el coche desde el acantilado —susurró Izan con rabia contenida, levantándose con cautela para acercarse a Lidia con una barra de hierro corta que había cogido del paragüero del recibidor—. Sabían que íbamos directos aquí.

Lidia empuñó el arma con ambas manos, comprobando con el pulgar que el seguro estaba quitado. Tenía el rostro pálido pero la mirada helada, la de una profesional que sabe que la cúpula entera ha movido ficha.

—No vienen a hablar —respondió ella en un susurro apenas audible, pegando la espalda a la pared del pasillo—. Si han mandado a este equipo de la autonómica, significa que la orden viene directamente del Director General. Nos han cazado.

Al otro lado de la puerta, el tono del desconocido se volvió corporativo y amenazante, perdiendo cualquier fachada de legalidad.

—Entiéndelo, Lidia. El Director General no va a permitir que cuatro folios y un disquete de mierda echen por tierra diez años de trabajo.

Abre la puerta y entrégame el material. Te garantizo que aquí no ha pasado nada, te reincorporas a tu puesto cuando acaben las vacaciones y el caso del astillero seguirá archivado.

Es un trato limpio. Si rompes esa puerta a la brava, la orden para ti y para tu amiguito marinero será otra muy distinta.

El silencio que siguió en el rellano fue absoluto, roto únicamente por el repiqueteo de la lluvia en el exterior de la ventana del salón.

Lidia miró de reojo hacia la mesa donde el ordenador portátil seguía parpadeando con la cara de Mateo Soler congelada en la pantalla, repitiendo la confesión delatadora. Luego miró a Izan. No hacían falta palabras. Entre ellos se acababa de trazar una línea de no retorno.

—Dile de mi parte al Director General que se guarde su trato para los tribunales —gritó Lidia con voz firme, sin que le temblara un solo músculo, mientras apuntaba directamente a la cerradura—. ¡Aquí no se entrega nada!

—Tú te lo has buscado —respondió la voz al otro lado, fría como el hielo.

Inmediatamente después, el estampido sordo de una patada brutal reventó el pestillo de la puerta, arrancando astillas de madera que volaron por todo el recibidor. La trampa se había cerrado, pero la partida por la verdad acababa de empezar.