CAPÍTULO 42
El trayecto de regreso al puerto deportivo se hizo en un silencio sepulcral, roto únicamente por el zumbido del motor y el golpeteo rítmico de la lluvia que acababa de desatarse sobre el capó del coche.
Lidia llevaba la bolsa de pruebas sellada firmemente en el regazo, como si de un explosivo inestable se tratara.
A su lado, Izan conducía con la mandíbula tensa, con los nudillos blancos marcados sobre el volante de cuero mientras asimilaba el tamaño de la trampa en la que acababan de caer.
—No podemos llevar esto a la comisaría oficial, Lidia —dijo Izan de repente, rompiendo la tensión antes de enfocar la entrada del puerto—.
Si el Director General está metido hasta el cuello y Cifuentes nos confirma que los mandos directivos dieron carpetazo al sumario, la prueba va a desaparecer antes de que cruce el registro de entrada.
En cuanto sospechen que Mateo tenía una copia de seguridad, pondrán el departamento patas arriba.
Lidia asintió despacio, frotándose la sien donde un dolor de cabeza sordo y punzante empezaba a taladrarle los pensamientos.
Tenía razón. En el momento en que se registrara la evidencia del pendrive y los folios originales, la cadena de custodia pasaría por manos de los mismos mandos que habían ordenado archivar el caso del astillero.
Sería entregarles el revólver cargado y con el seguro quitado.
—Lo llevaremos a mi casa —decidió Lidia con una resolución férrea—. Es el único sitio fuera del circuito oficial donde nadie puede entrar sin una orden judicial. Las taquillas de la comisaría y los archivos digitales están apalabrados con los mismos que ordenaron archivar el caso.
Cuando aparcaron frente al edificio de Lidia, el temporal de final de agosto soplaba con fuerza, zarandeando las copas de los árboles y los toldos de la calle con un chirrido constante.
Subieron las escaleras a toda prisa hasta el piso, cruzando el umbral con la sensación de que cualquier sombra en el rellano podía ser una amenaza.
Una vez dentro, con el cerrojo echado y la luz cenital de la lámpara de mesa iluminando los documentos extendidos sobre la madera, comenzaron a examinar el contenido del pendrive conectándolo a un portátil antiguo que no tenía tarjeta SIM ni conexión wi-fi activa.
La pantalla parpadeó un par de veces antes de desplegar una estructura de carpetas perfectamente ordenada y cifrada mediante un algoritmo básico de compresión.
—Mira esto —murmuró Izan, inclinándose sobre el hombro de Lidia mientras señalaba un archivo de vídeo fechado hacía apenas cuatro días—.
Mateo sabía que le pisaban los talones. No huyó al extranjero como nos hicieron creer; estuvo escondido en una masía aislada en el prelitoral, esperando el momento de entregar el dossier a alguien que no estuviera comprado.
El archivo de vídeo se reprodujo con un parpadeo tenue. En la imagen aparecía Mateo Soler, demacrado, con una barba de varios días y una ojeras moradas que le ocupaban medio rostro, hablando directamente a la cámara con una mezcla de terror y rabia contenida.
«Si estás viendo este vídeo, significa que ya me han encontrado o que el mar ha devuelto lo que no querían que apareciera» , decía la voz grabada del joven en el monitor, resonando con eco metálico en la pequeña oficina.
«Me dijeron que si firmaba la culpa y asumía el vaciado de las cuentas del astillero, mi familia estaría a salvo y me dejarían marchar al extranjero con una nueva identidad.
Cumplí mi parte del trato. Firmé el colapso del astillero y cargué con la cruz del desfalco de los diez millones.
Pero cuando descubrí que el dinero real nunca salió de España, sino que se usó para financiar las campañas y los chanchullos urbanísticos de la cúpula de seguridad de la región, supe que mi "salvoconducto" era una sentencia de muerte. Me iban a limpiar de todas formas».
Lidia sintió un nudo en la garganta. La verdad ya no era una sospecha ni una deducción lógica en una pizarra; era una confesión en alta definición, respaldada por extractos bancarios con sellos de transferencia internacional y firmas notariales que implican directamente al Director General y a su círculo más próximo.
Pero antes de que pudiera abrir el siguiente documento del pendrive, un golpe seco y metálico retumbó en la puerta exterior del despacho. No era el viento. Era alguien que acababa de probar el pestillo con firmeza, seguido de unos pasos pesados que se detenían justo al otro lado de la madera.
Izan y Lidia se miraron en un segundo de absoluto desconcierto. Alguien sabía exactamente dónde estaban. Y el tiempo de ventaja que les había regalado el mar se acababa de agotar.
—Lo llevaremos a mi casa —decidió Lidia con una resolución férrea—. Es el único sitio fuera del circuito oficial donde nadie puede entrar sin una orden judicial. Las taquillas de la comisaría y los archivos digitales están apalabrados con los mismos que ordenaron archivar el caso.
El trayecto de regreso se hizo en un silencio sepulcral, roto únicamente por el zumbido del motor y el golpeteo rítmico de la lluvia que acababa de desatarse sobre el capó del coche.
Lidia llevaba la bolsa de pruebas sellada firmemente en el regazo, como si de un explosivo inestable se tratara.
A su lado, Izan conducía con la mandíbula tensa, con los nudillos blancos marcados sobre el volante de cuero mientras asimilaba el tamaño de la trampa en la que acababan de caer.
Cuando aparcaron frente al edificio de Lidia, el temporal de final de agosto soplaba con fuerza, zarandeando las copas de los árboles y los toldos de la calle con un chirrido constante.
Subieron las escaleras a toda prisa hasta el piso, cruzando el umbral con la sensación de que cualquier sombra en el rellano podía ser una amenaza.
Una vez dentro, con el cerrojo echado y la luz cenital de la lámpara de la mesa del salón iluminando los documentos extendidos sobre la madera, comenzaron a examinar el contenido del pendrive conectándolo a un portátil antiguo que no tenía tarjeta SIM ni conexión wi-fi activa.
La pantalla parpadeó un par de veces antes de desplegar una estructura de carpetas perfectamente ordenada y cifrada mediante un algoritmo básico de compresión.
—Mira esto —murmuró Izan, inclinándose sobre el hombro de Lidia mientras señalaba un archivo de vídeo fechado hacía apenas cuatro días—.
Mateo sabía que le pisaban los talones. No huyó al extranjero como nos hicieron creer; estuvo escondido en una masía aislada en el prelitoral, esperando el momento de entregar el dosier a alguien que no estuviera comprado.
El archivo de vídeo se reprodujo con un parpadeo tenue. En la imagen aparecía Mateo Soler, demacrado, con una barba de varios días y unas ojeras moradas que le ocupaban medio rostro, hablando directamente a la cámara con una mezcla de terror y rabia contenida.
«Si estás viendo este vídeo, significa que ya me han encontrado o que el mar ha devuelto lo que no querían que apareciera» , decía la voz grabada del joven en el monitor, resonando con eco apagado en la estancia.
«Me dijeron que si firmaba la culpa y asumía el vaciado de las cuentas del astillero, mi familia estaría a salvo y me dejarían marchar al extranjero con una nueva identidad.
Cumplí mi parte del trato. Firmé el colapso del astillero y cargué con la cruz del desfalco de los diez millones.
Pero cuando descubrí que el dinero real nunca salió de España, sino que se usó para financiar las campañas y los chanchullos urbanísticos de la cúpula de seguridad de la región, supe que mi "salvoconducto" era una sentencia de muerte. Me iban a limpiar de todas formas».
Lidia sintió un nudo en la garganta. La verdad ya no era una sospecha ni una deducción lógica en una pizarra; era una confesión en alta definición, respaldada por extractos bancarios con sellos de transferencia internacional y firmas notariales que implican directamente al Director General y a su círculo más próximo.
Pero antes de que pudiera abrir el siguiente documento del pendrive, un golpe seco y metálico retumbó en la puerta principal de la vivienda. No era el viento. Era alguien que acababa de probar el picaporte con firmeza, seguido de unos pasos pesados que se detenían justo al otro lado de la madera.
Izan y Lidia se miraron en un segundo de absoluto desconcierto. Alguien sabía exactamente dónde estaban. Y el tiempo de ventaja que les había regalado el mar se acababa de agotar.