Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

El trayecto en coche hasta los acantilados del Cabo de los Vientos fue una pesadilla a contrarreloj.

Lidia condujo con los nudillos apretados contra el volante, el motor de su coche rugiendo en las curvas cerradas de la carretera costera mientras el cielo de finales de agosto empezaba a encapotarse con nubes de plomo.

A su lado, el teléfono no dejaba de vibrar con llamadas en cascada de la comisaría local y partes médicos preliminares que Cifuentes filtraba a regañadientes.

Cuando aparcó en el arcén polvoriento, el olor a salitre mezclado con el hedor acre del combustible quemado y la humedad del mar lo empapaba todo.

Abajo, en la franja de piedra gris y afilada que lamían las olas, el despliegue policial era evidente: una lancha de los servicios forenses oscilaba peligrosamente contra el muelle natural, y varios agentes uniformados acordonaban la zona con cinta de plástico blanco y rojo que el viento del norte azotaba sin compasión.

Lidia se bajó ajustándose la cazadora ligera, esquivando las rocas resbaladizas con paso firme hasta llegar a la cornisa principal.

Allí la esperaba Cifuentes, con el abrigo de cuello subido, una libreta arrugada en la mano y el rostro surcado por las arrugas de quien lleva demasiado tiempo viendo cadáveres donde no debería haberlos.

—Jefa —masculló el subinspector a modo de saludo, señalando con la barbilla hacia abajo—. Los forenses acaban de terminar el levantamiento de la superficie. Lo han sacado de una grieta profunda, una ratonera natural de la que es imposible salir por propio pie si la marea te arrastra.

Lidia se asomó al abismo, con el corazón golpeándole las costillas con la fuerza de un martillo hidráulico.

En la camilla de lona impermeable, cubierta ya parcialmente con una lona térmica, yacían los restos de un hombre joven.

El agua había estropeado su piel y su ropa, pero los rasgos eran inconfundibles: la mandíbula cuadrada, el corte de pelo clásico que tantas veces habían visto en las fotografías policiales del expediente del astillero, y un tatuaje descolorido en el antebrazo izquierdo en forma de ancla rota.

—Mateo —susurró Lidia, casi sin voz.

—En persona, o lo que queda de él —apostilló Cifuentes, acercándose un poco más para hablar en voz baja, casi en un susurro que el viento se tragaba a medias—.

Y hay más, Lidia. Los de rescate creían que llevaba los bolsillos vacíos por la erosión del mar, pero cuando el forense le ha dado la vuelta en la camilla para certificar el rigor mortis, ha saltado la sorpresa.

Tenía una funda estanca de buceo sellada térmicamente con silicona industrial, fuertemente atada al forro interior de la chaqueta con una brida de náutica.

Lidia sintió que el mundo a su alrededor se detenía. El sonido de las olas rompiendo contra las rocas pareció desvanecerse, sustituido por el zumbido constante en sus oídos.

—¿El pendrive? —preguntó, sabiendo de antemano la respuesta.

—El pendrive y algo mucho más gordo —Cifuentes sacó una bolsa de pruebas transparente donde se vislumbraba una memoria USB negra y un fajo de folios plastificados—.

Copias físicas firmadas, con sellos originales de registro de entrada en el ministerio y firmas ológrafas que no pertenecen a ningún cargo intermedio.

Es el informe real de la auditoría del astillero.

El que se archivó hace un año bajo secreto de sumario con el sello de "asunto sobreseído por falta de pruebas".

Lidia extendió una mano enguantada y cogió la bolsa de pruebas.

A través del plástico, leyó el encabezado del documento principal.

Las cifras no cuadran con el desfalco que la superioridad había anunciado a bombo y platillo en la prensa.

No eran diez millones desviados por error de gestión o por la avaricia de un testaferro solitario; era un desvío sistemático, estructurado desde la cúpula de la administración autonómica y dirigido directamente a cuentas en paraísos fiscales gestionadas por una red de testaferros donde aparecía, con nombres y apellidos, el mismísimo Director General de Seguridad e Industria de la región.

El superior directo de los mandos que habían dado carpetazo al caso.

—Esto no es una prueba de blanqueo, Cifuentes —dijo Lidia, con una frialdad glacial que contrastaba con el temblor de sus dedos—.

Esto es una sentencia de muerte firmada.

A Mateo no se lo tragó el mar al huir. Lo cazaron antes de que pudiera cruzar la frontera o se cansó de correr, intentó pactar con las pruebas...

y decidieron que lo más seguro para todos era que un "accidente" en el Cabo de los Vientos cerrará el círculo para siempre.

En ese instante, una figura familiar cruzó el perímetro de seguridad por la parte alta del sendero, rompiendo la concentración de ambos.

Era Izan. Había atracado su velero en el puerto más cercano al enterarse de la movilización y había corrido cuesta arriba ladera a través, con la respiración acelerada y los ojos fijos en Lidia.

Al ver la bolsa de pruebas en las manos de la subinspectora y el cuerpo inerte en la camilla, el marinero no necesitó explicaciones.

Comprendió de inmediato que las vacaciones se habían acabado para siempre y que acababan de abrir la caja de los truenos más peligrosa de sus vidas.