Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

El parte meteorológico había prometido una mar en calma, ideal para exprimir los últimos días de agosto con una travesía limpia rumbo a la costa sur.

Sin embargo, a primera hora de la mañana, la apacible rutina del puerto deportivo de Puerto de la Roca se quebró con el ulular estridente de una lancha patrulla de la policía que entraba a toda máquina, rompiendo la superficie con una estela de espuma blanca.

A bordo de su velero, que mecía suavemente sus amarras mientras él terminaba de revisar el estay de proa, Izan vio pasar la embarcación con el ceño fruncido. No era habitual ver tanta prisa en los agentes de la dársena a menos que se hubiera cruzado una línea muy roja.

Dos horas más tarde, el teléfono móvil de Lidia vibraba sobre la mesa de la cocina con una urgencia que rompió la calma de su penúltimo día de vacaciones. Al otro lado de la línea, la voz del subinspector Cifuentes sonaba seca, casi metálica, como si le costara articular las palabras.

—Jefa, siento interrumpir tus libres, pero vas a tener que apartar los cuadernos y las novelas. Acaban de dar el aviso desde los acantilados del Cabo de los Vientos.

Lidia sintió que un calambre frío le recorría la columna vertebral, apartando de golpe cualquier atisbo de descanso estival.

—¿Qué ha pasado, Cifuentes?

—Los servicios de salvamento han recuperado un cuerpo atrapado en las rocas de la base del cabo.

La marea baja lo ha dejado al descubierto —Cifuentes hizo una pausa corta, cargada de un peso insoportable, antes de soltar la frase que dinamitó el final del verano—: Y no es un pescador furtivo, Lidia.

Es Mateo Soler. El hermano pequeño de la familia del astillero, el que supuestamente se había esfumado con los diez millones del desfalco y al que la superioridad dio carpetazo como fugitivo en el extranjero.

Lidia se quedó sin aire, con los nudillos blancos apretados contra el borde de la madera. El caso que creían cerrado, juzgado y archivado bajo una alfombra de silencios oficiales se volvía a abrir en canal.

Pero lo peor no era que Mateo apareciera muerto.

Lo verdaderamente aterrador era lo que llevaba fuertemente sujeto con una brida impermeable al bolsillo interior de su chaqueta: un pendrive negro y una copia firmada, con sellos originales y tinta fresca, del verdadero informe de auditoría que demostraba que el cerebro de la trama no era un empresario de segunda fila, sino el mismísimo jefe superior de la región.

Alguien a quien el propio departamento había dado carta blanca.

El mar acababa de devolver la prueba definitiva de que la policía, la justicia y ellos mismos habían estado persiguiendo a los peones equivocados. Y ahora, el reloj empezaba a descontar los segundos para que los verdaderos asesinos supieran que la verdad había salido a la superficie.