Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 39
49%

CAPÍTULO 39

El amanecer del último día de agosto se abrió paso sobre Puerto de la Roca con una claridad limpia y sin rastro de brumas, tintando las fachadas de los edificios del casco antiguo con un tono dorado y brillante.

El calor veraniego prometía apretar de lo lindo hacia el mediodía, pero a primera hora la brisa que descendía desde las colinas aportaba un frescor muy de agradecer.

En su despacho de la planta de judicial, Lidia ya llevaba media hora trabajando con la ventana oscilobatiente abierta de par en par.

Sobre la mesa auxiliar, una taza humeante de café recién hecho exhalaba su característico aroma, compitiendo sutilmente con el toque cítrico de la infusión que había preparado un poco antes.

No había urgencias en la bandeja de entrada ni llamadas intempestivas del juzgado de guardia; solo tareas rutinarias de cierre de mes y la firma de los últimos oficios administrativos derivados del macro caso del astillero.

La puerta se abrió con un leve crujido y la silueta de Izan apareció en el umbral. Venía con la camisa de mangas remangadas hasta los codos, una carpeta bajo el brazo y una expresión en el rostro que mezclaba la satisfacción y el descaro de quien ya huele el fin de semana a kilómetros de distancia.

—Buenos días, jefa —saludó Izan con una sonrisa de oreja a oreja, depositando la carpeta sobre el borde de la mesa—. Vengo a cumplir con el riguroso protocolo de dejar constancia oficial de que mi mesa está más limpia que la patena y que no hay un solo papel pendiente de tramitar en mi negociado.

Lidia levantó la vista de la pantalla del ordenador, retiró un momento los dedos del teclado y observó a su compañero con una mezcla de diversión y escepticismo profesional.

—¿Tan rápido has terminado de archivar, Izan? Me cuesta creer que no te hayas dejado ninguna grapa perdida en los cajones o algún parte de incidencias sin firmar por el camino —respondió Lidia, recostándose en el respaldo de la silla y cruzando los brazos.

—Ninguna, te lo juro por la sonda del velero —bromeó él, tomando asiento en la silla de enfrente y apoyando los antebrazos en el escritorio—.

De hecho, acabo de hablar con el habilitado de la comandancia y los trienios ya están tramitados.

Lo cual significa dos cosas: que el Estado cumple, aunque sea tarde, y que esta tarde, en cuanto den las tres, desanclo y desaparezco del mapa marinero hasta septiembre.

Lidia sonrió con complicidad, sabiendo perfectamente lo mucho que su compañero necesitaba esa desconexión en alta mar.

—Haz el favor de no volverte a pelear con las corrientes ni con ninguna boya de señalización, que luego nos toca rellenar partes de accidente marítimo y no estamos para más burocracia —le advirtió ella con un tono fingidamente severo que no lograba disimular el afecto y la confianza forjada tras tantos meses de trincheras compartidas.

—Descuida. El único rumbo fijo que tengo para los próximos días es encontrar una cala tranquila donde no lleguen las ondas de los móviles ni las alertas de la fiscalía —aseguró Izan, incorporándose de nuevo con aire liviano—.

Bueno, te dejo seguir con tus tejemanejes literarios o administrativos, que cada uno tiene sus propios misterios que resolver antes de que acabe el mes.

Con un gesto de despedida informal, Izan salió del despacho dejando tras de sí un eco de pasos ligeros por el pasillo.

Lidia volvió a centrar su atención en la pantalla del ordenador. Quedaban pocas horas para colgar la placa en el cajón y dar carpetazo a agosto. Y en casa, al otro lado de la puerta, la esperaban las páginas en blanco de su propia historia, listas para ser escritas a su aire, sin jefes ni atajos.