CAPÍTULO 38
A pocas calles del centro de Puerto de la Roca, el sonido del tráfico se difuminaba hasta quedar reducido a un rumor lejano cuando las amarras del velero de Izan chirriaban suavemente contra el muelle del puerto deportivo.
Izan se detuvo unos instantes en la pasarela de madera, apoyando las manos en la borda de la embarcación.
No bajó a la cabina; se limitó a contemplar el perfil de los mástiles recortados contra la noche y a aspirar ese olor a salitre y mar abierto que tanto le ayudaba a ordenar las ideas.
Para un tipo que siempre había valorado la independencia de la mar frente a las ataduras de tierra firme, el caso de los hermanos Soler y las corruptelas del puerto había supuesto un recordatorio visceral de por qué hacía lo que hacía.
No era la placa ni el cargo; era la necesidad de poner orden en el caos.
Tras unos minutos de calma junto al agua, dio media vuelta y caminó hasta su piso en el centro de Puerto de la Roca.
Al abrir la puerta, el silencio acogedor de la vivienda lo recibió por fin.
Dejó las llaves sobre la mesita del recibidor, se quitó la chaqueta y se dejó caer en el cómodo sofá del salón.
Se frotó los ojos con ambas manos, sintiendo el cansancio acumulado de semanas de tensión, guardias interminables y persecuciones por los muelles del astillero.
Pero bajo esa fatiga física flotaba una extraña sensación de ligereza.
De su bolsillo extrajo el viejo cuaderno de bitácora y un bolígrafo con el capuchón mordisqueado.
Lo abrió sobre la mesa baja del salón, buscando la última anotación fechada con coordenadas, turnos de vigilancia y matrículas sospechosas.
Con un movimiento pausado, trazó una línea limpia y definitiva debajo de la última frase, cerró el cuaderno con un golpe seco y exhaló el aire que llevaba retenido en el pecho.
La investigación había terminado. Mañana, por fin, el velero saldría a mar abierto.