Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

La puerta de casa se cerró con un clic sordo, acompasado por el silencio cálido que recibía a Lidia siempre que cruzaba el umbral al final de la jornada.

Dejó las llaves sobre la consola de la entrada, se quitó la gabardina y dejó escapar un suspiro de liberación profunda.

El aire del hogar guardaba la quietud de las horas vacías, un refugio limpio y fresco que la envolvía tras el trajín de la calle.

Fuera, las últimas luces de finales de agosto empezaban a apagarse sobre los tejados de Puerto de la Roca, dejando paso a una noche veraniega de esas en las que el asfalto exhala el calor acumulado durante todo el día.

Pero dentro reinaba una paz absoluta, un refugio blindado contra los atestados, los juzgados y los sumarios del astillero.

Lidia caminó directamente hacia su despacho privado, una habitación luminosa con vistas a un patio interior donde las macetas de plantas aromáticas aguantaban con hidalguía los rigores del estío.

Encendió la lámpara de sobremesa, cuyo haz de luz ámbar proyectaba sombras suaves sobre la mesa de madera de roble, y se sentó frente a la pantalla del ordenador.

Sobre el escritorio, al lado del teclado, descansaba una libreta de notas de anillas con la esquina doblada y varias cuartillas escritas a mano con su inconfundible y pulcra caligrafía. En la parte superior de la página, un título provisional encabezaba el borrador: Lo que el mar devuelve .

Abrió el archivo de texto y deslizó los dedos sobre las teclas con la familiaridad de quien conoce cada recoveco de su propia mente.

En la pantalla, las líneas del capítulo que tenía pendiente por perfilar comenzaron a cobrar vida.

Ya no se trataba de investigar crímenes ajenos ni de recomponer las mentiras de los hermanos Soler; ahora era ella la que dictaba el ritmo de la marea, la que decidía qué secretos guardaban los personajes y en qué rincón exacto de la ficción los fantasmas del pasado encontraban por fin su merecido reposo.

Mientras escribía las primeras frases, una sonrisa involuntaria se dibujó en los labios de Lidia. Afuera, el mundo seguía girando con sus rutinas y sus prisas; pero allí dentro, en el santuario inviolable de su creatividad, la historia avanzaba hacia su destino con pulso firme y sin mirar atrás.