CAPÍTULO 36
La terraza del puerto de Puerto de la Roca apenas estaba concurrida a última hora de la tarde. El sol comenzaba a fundirse en el horizonte del Mediterráneo, tiñendo el agua de un tono cobrizo que hacía parpadear las primeras luces de los barcos amarrados en los pantalanes.
Izan apoyó la taza de café vacía sobre la mesa de formica verde y deslizó sobre el mantel de papel el ticket de la consumición con una sonrisa de suficiencia.
—Ves como al final pagar los trienios no dolía tanto, jefa —bromeó Izan, recostándose en la silla y cruzando los brazos mientras contemplaba el vaivén de un catamarán que entraba perezoso en dársena.
Lidia dio el último sorbo a su infusión de té verde con limón, disfrutando del calor del vaso entre las manos.
La brisa marina traía un frescor agradable, muy lejos del aire enrarecido y cargado de tensión que se había respirado en los pasillos de la comisaría durante los peores meses de la investigación.
—Te tomas demasiadas confianzas ahora que el fiscal ha archivado el sumario principal, subinspector —replicó Lidia con una media sonrisa que delataba que no le importaba en absoluto el comentario—. Pero te concedo el punto. La tarde invita a bajar la guardia.
Durante unos minutos, el silencio se instaló entre ellos de forma natural.
Ya no hacía falta hablar de las cuentas opacas de los Soler, ni de los chanchullos del excomisario Perales en los muelles, ni de los expedientes polvorientos del viejo astillero.
Aquel silencio compartido ya no era el de dos compañeros que se vigilan las espaldas en una trinchera, sino el de dos personas que habían cruzado una línea de meta muy pesada.
—Oye, Lidia —rompió el hielo Izan con un tono más pausado, mirando fijamente la superficie del agua—.
Ahora que el caso está cerrado a cal y canto y la fiscalía no nos va a reclamar un informe de urgencia a medianoche...
¿qué piensas hacer con tus fines de semana?
Porque el monte y las rutas de alta montaña están muy bien para desconectar, pero me temo que, si te quedas sin misterios que resolver, terminarás investigando por qué la vecina del quinto cambia las macetas de sitio.
Lidia soltó una carcajada limpia, sincera, y dejó el vaso sobre la mesa.
—No te preocupes por mis fines de semana, Izan.
Tengo bastantes frentes abiertos en casa como para aburrirme —respondió ella con aire misterioso, pensando en las tramas pendientes, en las páginas de sus propios borradores ocultos bajo pseudónimo en el ordenador y en el tiempo de calidad que por fin pensaba dedicar a su gente y a sus aficiones sin mirar el reloj—.
Digamos que escribir historias donde los culpables siempre pagan en la última página es una terapia mucho más barata que ir al psicólogo.
Izan arqueó una ceja, intrigado por el matiz en su voz, pero prefirió no indagar más. Sabía que su jefa siempre guardaba un compartimento secreto en su vida personal, una zona de sombra donde la policía no tenía jurisdicción. Y respetaba eso por encima de todo.
—Me parece un plan excelente —asintió Izan, levantándose de la silla y estirándose la chaqueta con parsimonia—.
En ese caso, creo que voy a aprovechar los últimos días de agosto para sacar el velero a dar una vuelta larga antes de que el otoño nos traiga los primeros temporales de levante de verdad.
—Ten cuidado con las gaviotas cabezonas, no vayan a declararte la guerra otra vez en mar abierto —le despidió Lidia con una chispa de picardía en la mirada.
—Esas ya saben que conmigo no se chistan —respondió Izan guiñándole un ojo antes de echar a andar por el paseo marítimo.
Lidia se quedó un instante más sentada en la mesa de la terraza, observando cómo la silueta de su compañero se fundía con la penumbra de los faroles del puerto.
La noche caía con una placidez insólita sobre Puerto de la Roca.
Por primera vez en mucho tiempo, las piezas encajaban exactamente donde debían.