CAPÍTULO 35
La luz de la tarde entraba en horizontal por los grandes ventanales de la planta de judicial, dibujando franjas doradas sobre las mesas de trabajo y el suelo de linóleo encerado.
Por primera vez en meses, el silencio de la oficina no era un preludio de malas noticias ni el eco sordo de una urgencia inminente, sino una calma real, limpia y sostenida.
Lidia estaba de pie junto al archivador metálico del fondo, recolocando los últimos expedientes cerrados del caso Astillero en sus respectivas carpetas de archivo definitivo.
Cada lomo llevaba su etiqueta rotulada con pulcritud: Soler, Fernando - Blanqueo y Contrabando; Voronova, Svetlana - Cuentas en Chipre; Perales, Eusebio - Corrupción y Cohecho; Rius, Gonzalo y Aranguren, Koldo - Tráfico de influencias y Organización Criminal; Homicidios – Barranco, Mara y Soler, Valentina (Cerrado y Archivado).
Izan, sentado en su silla con las piernas estiradas y los brazos cruzados detrás de la cabeza, observaba cómo su jefa cerraba el cajón superior con un golpe seco.
—Si llego a saber que desmontar una trama de corrupción a escala comarcal implicaba acabar archivando más papeles que un funcionario de hacienda en campaña de la renta, me pido un traslado a la brigada de objetos perdidos —bromeó Izan, esbozando una media sonrisa relajada.
Lidia se giró, apoyó la cadera contra el borde del archivador y le devolvió el gesto con complicidad.
—No te quejes, Izan. Al menos esta vez los expedientes no llevan alertas rojas de la fiscalía ni llamadas de madrugada del comisario amenazándonos con expedientarnos por saltarnos los protocolos del muelle —respondió Lidia, cruzando los brazos sobre la gabardina—.
Aunque reconozco que el vacío de no tener un topo o una cuenta en paraísos fiscales que investigar da un poco de vértigo.
—¿Vértigo? Lo llamas tú. Yo lo llamo síndrome de abstinencia de adrenalina —replicó su compañero, incorporándose de golpe para coger su taza de café de la esquina de la mesa—.
Por cierto, ¿sabes qué ha sido del informe final sobre el desvío de los fondos de la fundación benéfica fantasma de Svetlana?
—El juez lo ha incorporado íntegramente al sumario principal sin tocar una sola coma.
Los abogados defensores ya ni siquiera intentan recurrir; se han dado cuenta de que, con los metadatos y los albaranes de Tomás Beltrán en la mesa del fiscal, cualquier intento de defensa es puro teatro para justificar sus minutas ante la familia Soler —explicó Lidia, caminando hacia su mesa para recoger el bolso—.
El juicio se celebrará en otoño, pero el trabajo sucio ya está hecho.
Izan dio un sorbo largo al café y miró hacia los cristales translúcidos que daban al pasillo de la comisaría.
Fuera, el trasiego diario continuaba con total normalidad: agentes de patrulla firmando los partes de relevo, llamadas rutinarias desde el puesto de control y el murmullo constante de una comisaría de provincia que volvía a su cauce habitual tras el terremoto.
—Oye, jefa —dijo Izan de repente, cambiando sutilmente el tono hacia un registro más cercano—.
Ahora que no hay barcos hundiéndose ni fiscales respirándonos en la nuca, ¿qué tal si dejamos los expedientes en paz y nos vamos a tomar un café como dios manda a la terraza del puerto?
Invitó yo, que el mes que viene pagan los trienios.
Lidia miró el reloj de pared, comprobando que las agujas rozaban ya la hora de salida. Pensó en la tarde por delante, en la casa tranquila y en la ausencia de llamadas pendientes.
—Venga, trato hecho —aceptó Lidia, cogiendo las llaves del coche y la chaqueta—. Pero lo pagas tú enterito, no te vayas a escapar con la excusa de los billetes de la travesía a las Columbretes.