CAPÍTULO 34
La puerta de la sala de vistas principal se abrió con un chasquido pesado, rompiendo el murmullo tenso que llenaba el pasillo.
El juez instructor ocupó su estrado con gesto severo, flanqueado por el fiscal jefe provincial.
Abajo, en las mesas dispuestas para las partes, los abogados de la defensa ocupaban los asientos con la suficiencia de quien cree tener la sartén por el mango, mientras Lidia y e Izan se mantenían de pie junto a la pared del fondo, cruzados de brazos y con la tranquilidad de quien ya ha jugado sus mejores cartas.
—Saben perfectamente que el registro de la mansión vulneró los principios de proporcionalidad procesal y que las cuentas en Chipre de doña Svetlana Voronova no pueden ser vinculadas de manera directa a la contabilidad del astillero sin un peritaje internacional que tardará al menos un año en realizarse —comenzó exponiendo el abogado madrileño de los Soler, levantándose con elegancia y gesticulando con teatralidad ante el estrado—.
Por tanto, exigimos la anulación inmediata de las medidas cautelares y la puesta en libertad sin fianza de mi representada.
El letrado terminó su alocución ajustándose la solapa de la chaqueta, mirando de reojo a los periodistas congregados al fondo de la sala, esperando el destello de los flashes que ya no existían.
El juez instructor esperó a que reinara el absoluto silencio. No abrió ningún código penal ni consultó los apuntes que tenía delante. Simplemente apoyó los codos sobre la madera de la mesa, entrelazó los dedos y clavó sus ojos cansados en el abogado defensor.
—Su exposición sobre los defectos formales y los plazos de peritaje internacional sería brillante, letrado... si estuviéramos a las ocho de la mañana de ayer —replicó el magistrado con una sequedad glacial que hizo que la sonrisa del abogado se congelara al instante.
El juez hizo un gesto imperceptible con la cabeza hacia el fiscal. Este último se inclinó hacia delante, abrió una carpeta marrón sobre la mesa y sacó un pequeño informe pericial de una sola página, grapado junto a la transcripción de unos metadatos informáticos.
—A primera hora de esta mañana, el equipo de investigación ha aportado un anexo documental que cambia sustancialmente los términos del debate —anunció el fiscal con voz firme, deslizando el documento hacia la bandeja de la defensa—.
Se trata de los registros de carga ocultos, las rutas de contrabando de mercancía industrial y los correos electrónicos firmados por el propio Fernando Soler autorizando el desvío sistemático de residuos y el blanqueo masivo de capitales a través de testaferros en Europa del Este, recuperados directamente del almacén principal.
El rostro del abogado principal de los Soler palideció dos tonos de golpe. Su ayudante más joven se inclinó rápidamente sobre los papeles, hojeando los folios impresos con los sellos y las firmas de la cadena de custodia con los ojos abiertos como platos.
—Esto... esto es una emboscada procesal —balbuceó el letrado madrileño, perdiendo toda la seguridad impostada con la que había entrado en la sala—. No hemos tenido tiempo material de analizar la validez de estos soportes informáticos...
—Tienen todo el tiempo del mundo que el centro penitenciario les permita en régimen de aislamiento, porque con estos indicios de criminalidad organizada, contrabando y delitos ecológicos agravados, la fiscalía va a solicitar la apertura de juicio oral por procedimiento abreviado la próxima semana, sin fianza y con prohibición absoluta de comunicación entre los acusados —sentenció el fiscal, zanjando el debate con un golpe seco de su bolígrafo sobre la mesa.
El juez instructor dio por concluida la comparecencia con un leve golpe de mazo.
Al fondo de la sala, los abogados defensores comenzaron a recoger apresuradamente sus carpetas y maletines, murmurando entre ellos con evidente desesperación, conscientes de que el imperio de los Soler se había desmoronado definitivamente y de que ningún tecnicismo legal iba a sacarlos ya de aquel pozo.
Lidia e Izan se miraron al otro lado de la sala. No hizo falta mediar palabra. La tormenta había amainado por completo.