CAPÍTULO 33
Eran las nueve menos cuarto de la mañana cuando Lidia y e Izan cruzaron las puertas de los juzgados de instrucción de Puerto de la Roca.
El ambiente en el vestíbulo principal ya respiraba esa electricidad propia de los grandes juicios: corrillos de periodistas locales con las cámaras preparadas, redactores de la edición regional de los periódicos tomando notas apresuradas y, flanqueando la entrada de la sala de vistas principal, el equipo jurídico de la defensa de Fernando Soler, con su flamante abogado madrileño a la cabeza.
Al ver aparecer a los dos inspectores con los maletines reglamentarios, el letrado de los Soler esbozó una sonrisa condescendiente, ajustándose los gemelos de la camisa con aire triunfal.
—Buenos días, inspectores —saludó el abogado con voz sibilina, elevando el tono lo justo para que los periodistas apostados al fondo pudieran escucharle—.
Espero que hoy traigan algo más sólido que fotocopias anónimas para justificar la detención ilegal de doña Svetlana y el embargo preventivo de las cuentas de mis representados.
Porque si no, mi siguiente paso será solicitar la recusación del magistrado por prevaricación.
Izan se detuvo en seco, mirándole con una mezcla de diversión contenida y lástima profesional, pero no llegó a abrir la boca. Lidia, con el rostro completamente impasible, se limitó a pasar de largo sin regalarle ni una sola palabra de réplica.
—El que ríe el último ríe mejor, letrado —murmuró Izan al pasar a su lado con paso firme antes de entrar en el despacho del juez instructor.
Dentro, el ambiente era radicalmente distinto. El juez revisaba unos informes periciales con cara de pocos amigos, mientras el fiscal jefe de la Audiencia provincial —que se había desplazado expresamente desde la capital para supervisar el caso— hojeaba un dosier con gesto severo.
—Me han soplado en la entrada que los abogados de los Soler vienen con la escopeta cargada exigiendo la nulidad de todo el sumario financiero —anunció el fiscal nada más verlos entrar, levantando la vista por encima de sus gafas de montura fina—.
Espero que tengáis algo más que los extractos de Chipre, porque la presión mediática en Madrid empieza a ser insostenible.
Lidia abrió el maletín de cuero negro sobre la caoba, extrajo la bolsita de pruebas estanca con el pequeño pendrive negro y la depositó con suavidad justo en el centro de la mesa, frente al fiscal y al juez.
—Lo que traemos no son fotocopias, señor fiscal —respondió Lidia con voz clara y cortante—.
Es la copia íntegra de los registros de carga ocultos, los albaranes de aduanas saltados a la torera y los correos electrónicos firmados por el propio Fernando Soler autorizando el contrabando de mercancía industrial y los vertidos químicos ilegales en la bahía durante los últimos cuatro años.
Entregado de forma voluntaria y con cadena de custodia firmada hace escasas horas.
El juez instructor se quedó mirando el pequeño dispositivo de silicona como si se tratara de una granada a punto de estallar. Cogió la bolsita con dos dedos, la levantó hacia la luz de la lámpara del despacho y exhaló un silbido prolongado.
—¿De dónde ha salido esto? —preguntó el magistrado, perdiendo por completo la compostura protocolaria.
—Del almacén secundario del astillero, guardado bajo llave por el antiguo jefe de suministros antes de que mandaran a quemar los archivos físicos —explicó Izan, apoyando las manos en el respaldo de la silla—.
Con estos metadatos, los correos cifrados y las rutas de los barcos nodriza, no solo desmontamos el argumento de que Svetlana era una ignorante florero que pasaba por allí; demostramos que el clan Soler operaba como una auténtica organización criminal mafiosa con ramificaciones internacionales.
El fiscal esbozó una sonrisa lenta, sombría y profundamente satisfecha, mientras dejaba caer el dosier sobre la mesa con un golpe seco.
—Bien. Pues que pasen los abogados defensores —ordenó el fiscal, abrochándose el botón de la americana con decisión—. Quiero ver la cara que se le queda al letrado de Madrid cuando le pongamos este regalito sobre la mesa antes de que le dé tiempo a pedir la nulidad de nada.