Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

El silencio que siguió a las palabras de Tomás Beltrán en el almacén del astillero solo fue roto por el murmullo lejano de las olas golpeando contra el muelle de carga.

Lidia dio un paso hacia el rincón que el exjefe de almacén acababa de señalar, manteniendo la mirada fija en el operario.

Sabía que las pruebas sobre el papel ya eran sólidas, pero aquel pendrive con los registros de carga reales representaba la estocada definitiva: el eslabón que conectaba el blanqueo de capitales de Svetlana, las mordidas del excomisario Perales y el tráfico de mercancías ilegales con el colapso total de la infraestructura portuaria.

—Si ese dispositivo contiene lo que dices, Tomás, la fiscalía va a pedir para Soler y su círculo una pena acumulada que les dejará sin opciones de salir en libertad condicional ni en una década —advirtió Lidia con voz firme, sacando una bolsita de pruebas estanca de su bolsillo táctico—.

Pero necesito que el pendrive salga de su escondite ahora mismo y que firmes la declaración jurada de entrega voluntaria ante el juzgado de guardia mañana a primera hora.

Beltrán se frotó la nuca con una mano temblorosa, mirando hacia la puerta lateral como si temiera que alguien los estuviera vigilando desde la oscuridad del puerto.

El miedo a las represalias de los antiguos mandos del astillero pesaba sobre sus hombros como una losa, pero la perspectiva de ver a los verdaderos artífices de la ruina hundiéndose en el fango pudo más que su prudencia.

—Está bien —masculló el hombre con un suspiro de rendición—. Esperad aquí un segundo.

Beltrán se agachó junto a la trampilla metálica semioculta bajo la lona de plástico, apartó con esfuerzo una caja de herramientas pesada y deslizó los cerrojos oxidados de un pequeño compartimento practicado en el suelo de cemento.

Metió la mano en la oquedad y extrajo una pequeña caja de cerillas de hojalata.

Al abrir la tapa, en su interior, envuelto en un trozo de papel de aluminio para protegerlo de la humedad, descansaba un pequeño pendrive negro de silicona.

Se lo tendió a Lidia con los dedos rígidos, como si le entregara un billete con fecha de caducidad.

—Aquí está todo —dijo Beltrán con un hilo de voz—. Las hojas de ruta de los barcos nodriza, los albaranes de los contenedores que nunca se declararon a la hacienda pública y los correos internos que Fernando Soler mandaba firmados con un pseudónimo para autorizar los vertidos nocturnos en la bahía.

Izan se adelantó un paso, cogió la bolsita estanca que le ofrecía su jefa y examinó el dispositivo con la linterna, comprobando que no presentaba daños aparentes.

—Buen trabajo, Tomás —le reconoció Izan con tono respetuoso, guardando la prueba en el bolsillo interior de su gabardina—. Te aseguro que tu nombre no aparecerá en las diligencias principales como investigado si colaboras hasta el final del sumario. Has hecho lo correcto.

—Lo único que quería era dormir por las noches sin escuchar los gritos de los estibadores que perdieron el empleo mientras estos sinvergüenzas se llenaban los bolsillos con dinero negro —respondió el exjefe de almacén, sacando otro cigarrillo arrugado del bolsillo de su camisa y dándoles la espalda para perderse de nuevo entre las sombras del almacén.

Lidia e Izan salieron al exterior, donde la brisa marina de la noche comenzaba a despejar el cielo de nubes. El peso del pendrive en el bolsillo de la gabardina de Izan era minúsculo, pero su valor estratégico equivalía a una dinamita pura.

—Mañana a primera hora nos plantamos en el juzgado de instrucción antes de que lleguen los abogados defensores —anunció Lidia, ajustándose la solapa de la chaqueta mientras caminaban hacia el coche patrulla aparcado en la entrada—.

Que intenten pedir la nulidad de las cuentas en Chipre todo lo que quieran.

Con esto sobre la mesa, la defensa de los Soler se ha quedado sin coartada.