CAPÍTULO 31
El aire en el almacén secundario del astillero de Puerto de la Roca olía a óxido, humedad y gasóleo reseco.
A diferencia de las naves principales, donde los inspectores de la auditoría judicial contabilizaban cada tornillo y cada chapa de acero embargada, aquel cobertizo apartado junto a los diques secos se utilizaba históricamente para guardar material de desguace y piezas obsoletas.
Lidia ajustó la linterna táctica de su cinturón antes de avanzar por el pasillo de estanterías metálicas repletas de cables y viejos motores fuera de borda. Detrás de ella, Izan llevaba una carpeta de anillas bajo el brazo y una linterna de mano que barría los rincones oscuros del local.
—¿Estás segura de que la cita era aquí y no en el bar del muelle como la gente normal? —preguntó Izan con una ceja alzada, esquivando un charco de aceite acumulado en el suelo de cemento agrietado.
—El tipo insistió en que los despachos oficiales de la comisaría le daban alergia —respondió Lidia sin detener el paso—.
Y con el revuelo que hay con los abogados de los Soler intentando anular los sumarios, es comprensible que el antiguo jefe de suministros prefiera las sombras de un muelle abandonado antes de que los esbirros de Koldo Aranguren le vean charlar con la policía.
A pocos metros, junto a una puerta lateral que daba directamente al mar, una silueta apoyada contra la pared apagó de golpe la colilla de un cigarrillo con la suela de la bota.
Era Tomás Beltrán, el que había sido jefe de almacén y logística del astillero durante más de dieciocho años.
Tenía el rostro surtido de arrugas profundas, las manos callosas y una mirada huidiza que delataba un miedo cerval a que las consecuencias de la caída del imperio salpicaran también su modesta pensión.
—Habéis tardado —gruñó Beltrán con voz áspera, cruzándose de brazos para combatir el frío húmedo que colaba la brisa marina—.
Y os advierto que solo he venido para saldar una cuenta vieja.
No pienso jugarme el tipo por declarar en un juicio si vuestros superiores no me garantizan discreción absoluta.
Lidia se detuvo a un par de pasos de él, manteniendo una distancia prudente pero firme. Sacó la libreta de notas, aunque esta vez no iba a escribir una sola palabra hasta escuchar lo que el hombre tuviera que confesar.
—La discreción judicial se gana aportando pruebas que no estén contaminadas, Tomás —le replicó Lidia con tono neutro—.
Los Soler están en prisión provisional y la red de Koldo Aranguren se desmorona por días.
Todo lo que te guardes en la tripa ahora mismo solo servirá para que cargues tú solo con el muerto cuando la fiscalía busque chivos expiatorios en los mandos intermedios. ¿De qué contenedores estamos hablando?
Beltrán soltó una carcajada seca, amarga, y señaló con la barbilla hacia una trampilla metálica semioculta bajo una lona de plástico en el rincón más oscuro del almacén.
—¿Creéis que el dinero que Svetlana blanqueaba en Chipre y las comisiones que cobraba Perales venían solo de los sobrecostes en las reparaciones de los ferris?
—espetó el exjefe de almacén, dando un paso al frente con los ojos inyectados en rabia contenida—.
Durante los últimos cuatro años, por estos muelles entraban contenedores sellados con la etiqueta de "material técnico de importación" que jamás pasaban por las aduanas del puerto.
Contenedores que venían directos del norte de Europa con mercancía que nadie se atrevía a inventariar en los libros de contabilidad del astillero.
Izan frunció el ceño, acercándose un paso más con la linterna encendida hacia la lona que señalaba el operario.
—¿Qué clase de mercancía, Tomás? —preguntó su compañero con un hilo de voz, intuyendo de repente la dimensión real de la trama.
—Maquinaria de doble uso, piezas de recambio militar desmilitarizadas y, sobre todo, residuos químicos industriales que se vertían de manera sistemática en las simas submarinas del golfo para ahorrarse los costes de tratamiento legal —confesó el hombre, apretando los puños con impotencia—.
Fernando Soler ordenó quemar los albaranes de entrada de esos barcos la misma noche en que detuvieron a Rius en el muelle.
Pero yo guardé una copia de los registros de carga en un pendrive metido en una caja de herramientas estanca.
Lidia intercambió una mirada relampagueante con Izan.
Aquello ya no era solo un fraude contable, un desvío de fondos públicos o una red de corrupción policial para encubrir dos asesinatos del pasado; era un delito ecológico y de contrabando internacional a gran escala que convertía el caso de los Soler en un pozo sin fondo de responsabilidades penales.
—Saca ese pendrive de la caja de herramientas, Tomás —ordenó Lidia con una autoridad férrea, guardando la libreta en el bolsillo de la gabardina—. Con ese archivo, ni los mejores abogados de Madrid van a poder sacar a Svetlana ni a su marido de la cárcel en diez vidas.