Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 29
36%

CAPÍTULO 29

La brisa salada de finales de agosto soplaba con fuerza moderada, trayendo ese característico olor a yodo y algas secas que impregnaba cada rincón del puerto de Puerto de la Roca.

Faltaban apenas cuarenta y ocho horas para que el timbre de las ocho de la mañana volviera a marcar el inicio de los turnos en la comisaría de Puerto de la Roca, pero aquella tarde el tiempo parecía haberse detenido.

En una terraza apartada del paseo marítimo, resguardada del bullicio de los turistas de último hora, Lidia daba pequeños sorbos a una infusión templada de té verde con limón mientras contemplaba el vaivén de los mástiles amarrados en los pantalanes.

El aire gélido de los Pirineos y el silencio absoluto de los valles de Boí le habían devuelto el pulso al ritmo natural de su mente, borrando el eco metálico de los calabozos y las horas interminables frente a las hojas de contabilidad.

Unos pasos firmes sobre las baldosas de madera anunciaron la llegada de Izan. Vestía una camisa de lino abierta por el cuello, con la piel tostada por el sol mediterráneo y una mueca de satisfacción evidente en el rostro.

—Veo que la travesía por las Columbretes te ha sentado mejor que un blindaje antibalas —saludó Lidia con una media sonrisa, apartando la silla de enfrente para que se sentara.

Izan dejó caer las llaves de su coche sobre la mesa y soltó un suspiro de pura liberación antes de pedir un café solo al camarero que pasaba por allí.

—Te lo aseguro, jefa. Estar tres días sin cobertura, bregando únicamente con el viento de levante y las mareas, hace que las declaraciones de Koldo Aranguren parezcan el cuento de la lechera —respondió Izan, recostándose en el respaldo con una chispa de picardía en la mirada—.

Aunque, a decir verdad, el tercer día eché tanto de menos los interrogatorios que intenté discutir con una gaviota cabezona que se empeñaba en robarme el almuerzo.

¿Y tú? ¿Sobreviviste a la alta montaña sin cobertura o terminaste escalando picos a medianoche por pura cabezonería?

—Digamos que las montañas no replican ni discuten los atestados, lo cual es un alivio terapéutico incalculable —confesó Lidia, dejando escapar una risa sincera que pocas veces se le escuchaba en acto de servicio.

Durante unos minutos, el bullicio lejano del puerto quedó en segundo plano.

No hizo falta hablar del astillero, ni de los Soler, ni de las sombras alargadas del excomisario Perales o de la fría Svetlana esperando juicio en el penal.

El silencio que compartieron era de otra clase: el de dos compañeros que habían atravesado el fuego cruzado y sabían exactamente en qué orilla del río se encontraban.

Izan dio un sorbo al café cuando se lo sirvieron y miró de reojo a su jefa, cambiando sutilmente el tono hacia un registro más reposado.

—Pasado mañana nos toca volver al redil. El comisario ya ha advertido que nos espera una pila de expedientes atrasados sobre faltas menores y atestados rutinarios de tráfico en la comarca.

—Lo sé —asintió Lidia con tranquilidad, doblando la servilleta de papel sobre la mesa—.

Pero esta vez los armarios del sótano están limpios.

Y por primera vez en muchos años, la gente de este puerto puede caminar por los muelles sabiendo que la justicia ha puesto las cosas en su sitio, aunque nos hayamos dejado la piel por el camino.

Izan levantó su taza de café en un brindis silencioso, chocándolo suavemente contra la taza de su compañera.

—Pues que sea por la rutina, entonces.