CAPÍTULO 28
A las diez de la mañana, un mensaje en la intranet de la comisaría obligó a Lidia y a Izan a presentarse en el despacho del comisario jefe.
No era habitual recibir una citación directa de la superioridad sin que mediara un informe de urgencia o un rapapolvo por algún protocolo saltado a la torera, así que ambos cruzaron el pasillo con la mosca detrás de la oreja.
Al entrar, el comisario no estaba hojeando ningún parte de incidencias ni gesticulando al teléfono. Estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados a la espalda, observando los tejados de Puerto de la Roca bañados por el sol de agosto.
—Cierren la puerta y siéntense —ordenó el superior sin volverse de inmediato.
Lidia e Izan obedecieron en silencio, intercambiando una rápida mirada de reojo. Cuando el comisario se giró, su rostro curtido esbozó algo insólito: una media sonrisa sincera.
—Durante los últimos veinte años he visto pasar por esta comisaría a decenas de inspectores que preferían mirar hacia otro lado con tal de no remover la mierda del astillero —comenzó diciendo el comisario, apoyándose en el borde de su mesa—.
Ustedes dos han removido tanto que han dejado al descubierto los cimientos de media provincia.
El fiscal general ya ha dado el caso por cerrado en su fase operativa. Y la Dirección General ha firmado esto.
El comisario deslizó sobre la caoba dos impresos oficiales, cada uno con un nombre diferente y un membrete que indicaba una orden de permiso forzoso de siete días naturales, con billetes y reservas ya tramitados por administración.
—¿Vacaciones? —preguntó Izan arqueando una ceja, incrédulo—. Comisario, sabe perfectamente que, si nos quedamos sin atestados que revisar, nos dedicaremos a ordenar los armarios del sótano o a molestar a la científica.
—Por eso mismo las vacaciones no son negociables, subinspector —le cortó el jefe con sequedad fingida antes de señalar con el dedo los papeles—.
Y para que no me monten un motín en el vestíbulo por aburrimiento, me he tomado la libertad de elegir los destinos basándome en los perfiles psicológicos que tengo fichados en vuestros expedientes.
Lidia cogió su impreso con desconfianza y leyó en voz alta:
— Reserva confirmada en el Hotel Balneario de la Vall de Boí, Pirineo leridano. Régimen de desconexión total, sin cobertura móvil garantizada, con rutas de senderismo de alta montaña y acceso libre al circuito termal.
Lidia levantó la vista lentamente, mirando al comisario con una mezcla de sorpresa y gratitud contenida. Sabía que necesitaba el silencio absoluto de los valles pirenaicos, el aire gélido de las cumbres y el aislamiento de un lugar donde el mar y los barcos quedasen a cientos de kilómetros.
Izan, por su parte, deslizó su hoja hacia sus ojos y leyó el destino que le había tocado en suerte. Su expresión pasó de la duda a una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Una semana de navegación a vela en solitario alquilando un velero ligero en el puerto de Denia, con patrón opcional que he rechazado automáticamente, y ruta libre por las islas Columbretes? Comisario, juro que le redactaré todos los informes que me pida hasta el día de mi jubilación.
—No me redactes informes, Izan; apaga el teléfono móvil y dedícate a capear algún temporal de verdad que no sea el de los juzgados —replicó el comisario, señalando la puerta con autoridad bonachona—.
Tienen exactamente veinticuatro horas para limpiar sus mesas, dejar las llaves de los coches patrulla en el mostrador y desaparecer de mi vista hasta el próximo lunes de la semana que viene. ¡Fuera de mi despacho!
Salieron al pasillo con los papeles en la mano, riendo por lo bajo. La tormenta había terminado de verdad.