CAPÍTULO 27
A la mañana siguiente, el bullicio habitual de la comisaría de Puerto de la Roca sonaba diferente.
Ya no se escuchaban carreras por los pasillos, ni timbrazos histéricos desde el departamento de telecomunicaciones, ni el murmullo tenso de los interrogatorios cruzados.
Reinaba un silencio espeso, casi respetuoso, interrumpido únicamente por el traqueteo constante de la fotocopiadora y el tintineo de las cucharillas en la máquina de café.
Lidia cruzó las puertas acristaladas de la planta de judicial con un expediente bajo el brazo y una sensación extraña en el pecho. Por primera vez en meses, su bandeja de entrada no escupía alertas rojas de la fiscalía ni llamadas de advertencia de la jefatura provincial.
Al pasar junto a la mesa de Izan, vio que su compañero ya estaba allí, devorando un cruasán de la panadería de la esquina y revisando los últimos atestados que debían remitir al juzgado de guardia antes del mediodía.
—Buenos días, jefa —saludó Izan con la boca medio llena, señalándole con el dedo una carta oficial que reposaba sobre su mesa—. Te ha llegado correspondencia formal desde la superioridad. Y no, esta vez no es una advertencia por saltarte los protocolos de seguridad en el muelle.
Lidia se acercó con curiosidad, dejó el bolso en el respaldo de la silla y cogió el sobre con el membrete oficial de la Dirección General.
Al abrirlo, desplegó un folio oficial firmado por el comisario jefe provincial.
Era una felicitación formal por la "ejemplar gestión y resolución de la macro investigación sobre la trama de corrupción y homicidios en la comarca portuaria".
—Vaya, parece que al final se han acordado de firmar un papel sin buscarnos las vueltas por los daños colaterales en la fundición —ironizó Lidia, aunque una pequeña sonrisa de satisfacción se dibujó en la comisura de sus labios.
—Hombre, no te quejes. Con la que liamos en las naves del astillero y el escándalo de Perales, lo raro es que no nos hayan mandado a hacer cursillos de mediación a una oficina en los Pirineos —bromeó Izan, dando un trago largo a su taza de café—.
Aunque lo verdaderamente interesante no está en el despacho del jefe, sino ahí fuera.
Izan señaló con la barbilla hacia el ventanal que daba a la calle principal del puerto.
Abajo, apostados junto a la escalinata de entrada a comisaría, un par de corrillos de periodistas locales y cámaras de televisión esperaban pacientemente cualquier migaja informativa.
La caída de los Soler, la detención de Svetlana y el desmantelamiento de la red del excomisario Perales habían acaparado las portadas de todos los periódicos regionales.
Puerto de la Roca se había convertido de la noche a la mañana en el epicentro informativo del país, y los vecinos, antes silenciosos y temerosos del poder omnímodo del astillero, empezaban a alzar la voz en los bares y plazas.
—Se acabó la ley del silencio —murmuró Lidia, asomándose al cristal para observar el gentío—. Durante años, este pueblo tragó con todo con tal de que las grúas siguieran echando humo. Ahora que la verdad ha reventado, toca reconstruir los cimientos.
—Y a nosotros nos toca descansar un poco, jefa —añadió Izan con tono cómplice, recostándose en su silla—.
El fiscal ya ha confirmado que no nos requerirán para las declaraciones previas hasta dentro de tres semanas.
Lo que significa que este fin de semana...
no hay turnos de gracia, no hay llamadas de madrugada y no hay barcos hundiéndose.
Lidia guardó la carta oficial en un cajón y miró a su compañero con afecto profesional.
Sabía que, aunque el caso estuviera técnicamente visto para sentencia en los despachos, los fantasmas de Mara Barranco y Valentina seguirían habitando las esquinas oscuras del puerto durante mucho tiempo. Pero al menos, el aire soplaba limpio.