CAPÍTULO 26
La luz de la tarde entraba a borbotones por los ventanales de la pequeña cocina de la casa familiar, en las afueras de Puerto de la Roca. Olía a café recién hecho, a tostadas y al suavizante de ropa limpio que la madre de Julián llevaba secando en el tendedero toda la mañana.
Para Julián, acostumbrado al zumbido monótono de los fluorescentes del módulo de aislamiento y al tacto áspero de las mantas de Montealto, el silencio de la calle y el canto de los gorriones en el olivo del patio trasero resultaban casi ensordecedores.
Llevaba tres días en casa, pero cada vez que iba a encender la luz o a abrir el pestillo del baño sin que nadie se lo ordenara a gritos a través de un interfono, sentía un vuelco en el estómago.
Al otro lado de la mesa camilla, su madre le miraba con una mezcla de devoción infinita y una profunda tristeza en los ojos, acariciándole una mano callosa que apenas se atrevía a sostener la taza.
—No tienes que estar pendiente de todo, mamá. Estoy bien —murmuró Julián con voz ronca, intentando esbozar una sonrisa que no terminaba de alcanzarle los ojos.
—Estás aquí, que es lo único que importa, hijo —respondió la anciana, con la voz temblorosa—. Doce años... Dios mío, doce años enteros pidiendo en silencio que alguien escuchara la verdad.
Unos suaves golpes en la puerta principal interrumpieron la conversación. Julián se encogió ligeramente por puro instinto defensivo, un reflejo condicionado tras una década de convivir con guardias y visitas indeseadas. Su madre se levantó con paso lento para abrir.
En el umbral, con sendas gabardinas y una carpeta de cartón bajo el brazo, aparecieron Lidia e Izan.
Al verlos, Julián se puso en pie de un salto, con los músculos en tensión, sin saber muy bien cómo reaccionar ante los policías que habían removido cielo y tierra para sacarle del infierno.
—Hola, Julián —saludó Lidia con una sonrisa cálida, sin rastro de la severidad con la que solía moverse por los pasillos de judicial—. Disculpa que molestemos a estas horas, pero estábamos haciendo una ronda por el barrio y queríamos pasar a ver cómo te adaptabas al exterior.
Izan levantó una pequeña bolsa de papel de la pastelería del puerto con un par de napolitanas dentro.
—Y a comprobar si tu madre te está cebando como es debido, porque en las fotos del expediente tenías cara de no haber comido un dulce en media década.
La tensión acumulada en la estancia se rompió de golpe con una carcajada seca pero sincera por parte de Julián. Sus hombros, hasta entonces encogidos, se relajaron un poco.
—Pasad, por favor —invitó la madre con los ojos brillantes de agradecimiento, apartándose para dejarles entrar—. Aquí tenéis vuestra casa.
Lidia se sentó en una de las sillas de la cocina, aceptando el café que la mujer le ofreció al instante, mientras Izan se apoyaba en el marco de la ventana, contemplando el pequeño jardín.
—Venimos a firmar el último trámite del expediente de revisión de condena —explicó Lidia, sacando un par de copias de los papeles oficiales y extendiéndolas sobre la mesa—.
El fiscal ya ha dado el visto bueno definitivo.
Tu antecedentes penales por el caso de Mara Barranco van a ser anulados de inmediato.
Oficialmente, la justicia reconoce lo que nunca debió ocurrir.
Julián miró los folios impresos con los sellos oficiales del juzgado.
Pasó los dedos despacio por el membrete, como si temiera que las letras se borraran con el roce.
Ninguna palabra de disculpa del Estado iba a devolverle los doce años perdidos, las navidades a solas en la celda o el dolor de su hermano Marcos intentando buscar justicia por la vía equivocada.
Pero ver aquel papel negro sobre blanco era, al menos, la confirmación de que ya no era un apestado para el mundo.
—Gracias —fue lo único que pudo decir, con un nudo en la garganta que le impedía articular nada más.
—No nos des las gracias a nosotros, Julián —le corrigió Izan con firmeza, mirándole a los ojos—.
Dáselas a tu hermano, que arriesgó lo indecible para que alguien volviera a abrir los cajones polvorientos del puerto, y sobre todo a Valentina, que fue la que encontró la brecha en la contabilidad antes de que la apagaran para siempre.
Lidia asintió en silencio, recordando que aún quedaban cabos sueltos en la comarca, porque el eco de la caída de los Soler resonaba en cada rincón de Puerto de la Roca.