Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

El trayecto desde los acantilados de la zona residencial hasta el calabozo de la comisaría transcurrió en un silencio tenso.

Svetlana no profirió ni una sola queja durante el camino.

Se limitó a mirar por la ventanilla del coche patrulla, contemplando cómo el puerto industrial y las grúas derruidas del astillero desfilaban bajo la llovizna fina que había vuelto a caer a mediodía.

Su detención, lejos de ser un espectáculo de gritos y aspavientos, se convirtió en una demostración de fría contención.

En el despacho de judicial, Lidia dejó el maletín con los documentos incautados en la mansión sobre la mesa y se dejó caer en la silla con un suspiro que parecía arrastrar el peso de toda la semana.

Izan, con dos tazas de café humeante en la mano, le tendió una mientras se recostaba contra el marco de la puerta.

—El juez de guardia ya ha validado el registro y el embargo preventivo de las cuentas en Chipre —anunció Izan, con una media sonrisa de satisfacción cansada—.

Los inspectores de blanqueo de capitales dicen que el entramado que montó la señora Voronova es de manual: empresas pantalla en paraísos fiscales, inversiones inmobiliarias cruzadas y testaferros en Europa del Este para desviar los fondos públicos que el astillero cobraba por obras fantasma.

Lidia dio un sorbo al café, sintiendo el calor de la cafeína en la garganta antes de responder.

—Soler creía que la tenía de florero decorativo para lucirla en las recepciones de la alta sociedad, pero la jugada era redonda. Ella gestionaba el plan de huida por si el imperio se venía abajo —comentó Lidia, frotándose los nudillos doloridos—. ¿Y qué hay de los otros tres?

—Perales sigue intentando negociar con su abogado desde la celda de aislamiento, aunque sin mucho éxito; los fiscales tienen grabaciones suyas de hace cinco años amañando informes periciales.

Koldo Aranguren no ha vuelto a abrir la boca desde anoche, y Fernando Soler...

bueno, digamos que el médico de la prisión ha tenido que suministrarle un par de tranquilizantes porque se pasa el día mirando a la pared de su celda sin reconocer a nadie.

La inspectora Barral asimiló la información en silencio, observando a través de los cristales translúcidos del despacho el trasiego rutinario de los agentes de guardia que empezaban a cambiar de turno.

La tempestad que había azotado Puerto de la Roca durante semanas se iba apagando poco a poco, dejando atrás un panorama judicial devastado pero limpio.

—Se acabó la pesadilla de Montealto, Izan —murmuró Lidia con sinceridad, cerrando el cuaderno de notas donde había comenzado a escribir el borrador del atestado final hace ya una eternidad—.

Julián está en casa con su madre, los culpables están tras las rejas y los nombres de Mara y Valentina por fin tienen justicia.

—Sí —concordó su compañero, dando el último sorbo a su vaso antes de tirarlo a la papelera—. Ahora solo queda lidiar con el papeleo interminable y dejar que el juzgado haga su trabajo.