CAPÍTULO 24
La luz del sol de la mañana apenas lograba disipar la bruma marina que envolvía los acantilados de la zona residencial alta de Puerto de la Roca.
El convoy de dos coches patrulla de la Guardia Civil y un vehículo de la unidad de judicial avanzó sin prisa por la urbanización privada hasta detenerse frente a las imponentes verjas de hierro forjado de la mansión de los Soler.
A diferencia del bullicio de los muelles o el trajín de la comisaría, allí reinaba un silencio sepulcral, roto únicamente por el romper lejano de las olas contra las rocas del acantilado.
Lidia bajó del coche ajustándose la gabardina y cruzó la entrada principal, seguida de cerca por Izan.
El juez de instrucción ya les había firmado la ampliación del mandamiento de entrada y registro la noche anterior, tras constatar que parte de los fondos desviados del astillero no solo habían ido a parar a cuentas de paraísos fiscales gestionadas por Koldo Aranguren, sino también a inversiones inmobiliarias y sociedades fantasma a nombre de la segunda esposa de Fernando Soler: Svetlana.
El conserje de la finca les abrió la puerta con el rostro desencajado, sin atreverse a mirar a los ojos a los agentes.
En el interior, el recibidor de mármol blanco y techos de doble altura parecía un museo silencioso. Y allí, de pie junto a la escalinata principal con una taza de porcelana humeante entre las manos, estaba ella.
Svetlana Soler —de soltera Voronova— aparentaba bastante menos de los cuarenta años que marcaba su pasaporte.
Vestía un jersey de cachemira de cuello alto en color crudo y unos pantalones de sastre impecables.
Su cabello rubio platino, recogido en una coleta perfecta, y sus ojos claros transmitían una fría compostura que contrastaba profundamente con el caos que se cernía sobre el imperio familiar.
No había lágrimas ni aspavientos; solo una máscara de hielo tallada a base de años de supervivencia en la alta sociedad.
—Los agentes de aduanas ya vinieron la semana pasada a precintar la bodega y los despachos —dijo Svetlana con un acento extranjero apenas perceptible, dejando la taza sobre la consola sin derramar una sola gota—. ¿Qué más pueden querer en una casa donde ya solo quedan cenizas y facturas bloqueadas?
Lidia se adelantó unos pasos, mostrando su credencial con gesto impasible.
—Buscamos algo más que facturas, señora Soler. Buscamos las firmas de los apoderados de las tres sociedades en Chipre que usted misma constituyó hace cuatro meses, casualmente la misma semana en que su marido empezó a mover los hilos para silenciar al comité de auditoría.
Svetlana esbozó una sonrisa cortante, casi imperceptible, que no llegó a alcanzarle los ojos.
—Mi marido era un hombre de negocios muy ocupado. Lo que hiciera en su empresa privada con sus socios locales nunca fue de mi incumbencia. Yo solo sé de arte, de decoración y de gestionar mi propio patrimonio.
—Un patrimonio que se triplicó exactamente el mismo año en que el astillero dejó de pagar las nóminas a sus operarios —terció Izan, abriendo una carpeta con los extractos bancarios que la científica había volcado a primera hora—.
Curioso para alguien cuya única ocupación oficial era presidir una fundación benéfica fantasma.
La fachada de indiferencia de Svetlana se agrietó por primera vez. Un músculo de su mandíbula se contrajo, y su mirada fría se clavó en Izan con un destello de pura animadversión.
—Ustedes no entienden nada de cómo funciona este mundo —espetó Svetlana, dando un paso al frente con altivez, perdiendo por fin la compostura robótica—.
Fernando creía que controlaba el tablero, pero el que tiraba de los hilos de los contratos públicos llevaba años exigiendo garantías reales.
Si yo no hubiera sacado ese dinero del país a tiempo, otra mafia distinta nos habría degollado a los dos en este mismo salón.
¿Creen que los bancos suizos o las licitaciones portuarias se consiguen rezando?
El silencio en el vestíbulo se hizo espeso. Lidia y se miraron un segundo, confirmando lo que ya sospechaban: Svetlana no era una simple florero ignorante que miraba hacia otro lado; era la socia silenciosa y la encargada de asegurar la vía de escape cuando el barco empezara a hacer aguas.
—Pues parece que su póliza de seguro se ha caducado, señora Soler —sentenció Lidia, sacando las esposas del cinturón con un movimiento seco—.
Queda detenida por presunto blanqueo de capitales y complicidad en la ocultación de pruebas financieras de la trama del astillero. Ponga las manos en la espalda.