Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

El traslado de Koldo Aranguren al calabozo de la comisaría se realizó en completo silencio.

A diferencia de Fernando Soler, que se había derrumbado entre sollozos, o del excomisario Perales, que había intentado negociar con amenazas veladas desde el primer segundo, el director de operaciones del astillero asumió su caída con una frialdad glacial.

Ni una sola palabra de protesta, ni un intento de coartada.

Sabía perfectamente que los registros bancarios y las copias de seguridad recuperadas del ordenador de Rius constituían una muralla legal imposible de escalar.

Eran pasadas las ocho de la tarde cuando Lidia dejó caer pesadamente las llaves sobre su mesa en el despacho de judicial. El cansancio acumulado de los últimos días pesaba en sus hombros como un bloque de plomo, pero la sensación de deber cumplido atenuaba el agotamiento.

Izan apareció por el vano de la puerta con dos vasos de cartón humeantes, dejando uno frente a su jefa antes de desplomarse en su silla con un suspiro exagerado.

—El juez de guardia acaba de ordenar el ingreso en prisión provisional comunicada y sin fianza para Aranguren —anunció Izan, dando un sorbo largo al café—.

Y los auditores británicos han confirmado que van a congelar los fondos restantes del astillero para indemnizar a los proveedores y a los trabajadores afectados.

Lidia dio un pequeño sorbo a la infusión, mirando de reojo los expedientes cerrados que abarrotaban una esquina de su escritorio.

—El imperio de los Soler se ha desmoronado en menos de una semana —murmuró Lidia con un hilo de voz—. Doce años de mentiras, silencios comprados y vidas destrozadas tapados bajo la lona de un astillero en decadencia.

—Y todo porque una chica joven decidió revisar unos libros contabilidad que ya nadie miraba —añadió Izan con tristeza, recordando la trágica suerte de Valentina—. Si no llega a ser por ella, Julián seguiría pudriéndose en Montealto y Rius seguiría cobrando sus comisiones en la sombra.

Lidia asintió en silencio, recordando también a Mara Barranco, la otra gran olvidada de aquella historia a la que nadie había querido poner rostro hasta que el caso reventó por los aires.

—Mañana por la mañana tenemos que firmar el atestado final y enviarlo a la fiscalía provincial —recordó Lidia, recuperando la compostura profesional—. Pero esta noche, por fin, nadie va a llamarnos por un aviso urgente en la dársena.

Izan sonrió levemente, levantando su vaso de cartón en un brindis silencioso hacia su compañera.

—A eso brindo. A que la dársena se quede en completo silencio por una buena temporada.