CAPÍTULO 22
La lluvia había cesado por completo, dejando un bochorno espeso y pegajoso que se colaba por las ventanillas bajadas del coche patrulla.
Izan conducía con el ceño fruncido, esquivando los charcos de la avenida del puerto con precisión milimétrica, mientras Lidia revisaba por tercera vez en la tablet la hoja de datos fiscales de la cuenta nodriza.
—Si Koldo Aranguren lleva seis años moviendo los hilos financieros del astillero a espaldas de Soler, sabrá perfectamente que el disco duro de Rius ha caído en nuestras manos —dijo Lidia sin apartar los ojos de la pantalla—.
Es un tipo metódico. No se va a quedar sentando en su despacho esperando a que le pongamos las esposas.
—Por eso vamos a pillarlo antes de que cruce la verja del muelle —respondió Izan, pisando el acelerador con decisión al encarar la rotonda que daba acceso a las oficinas administrativas de la dársena norte.
El edificio corporativo del astillero lucía semiapagado.
A diferencia de las semanas anteriores, cuando el trasiego de camiones y directivos era constante, ahora reinaba un silencio fantasmal.
A través de los grandes ventanales de la planta baja apenas se vislumbraba la luz de un par de flexos y la silueta solitaria de un conserje limpiando los mostradores.
Lidia e Izan aparcaron sin apagar las luces largas, bloqueando la salida del aparcamiento privado donde solía estacionar el todoterreno de la dirección de operaciones.
Bajaron del vehículo con las placas policiales listas en la mano y cruzaron las puertas automáticas de cristal con paso firme. El conserje, al verlos entrar con gesto de urgencia, levantó las manos de inmediato antes de que le preguntaran nada.
—Si buscan al señor Aranguren... está arriba, en su despacho principal —se apresuró a decir el hombre, tragando saliva con nerviosismo—. Ha estado recogiendo archivadores y metiendo carpetas en el maletero de su coche desde hace una hora.
Lidia ni siquiera se molestó en responderle. Le hizo una seña rápida a Izan y ambos enfilaron el pasillo lateral hacia las escaleras de emergencia. Subieron los peldaños de dos en dos, con las suelas de los zapatos resonando con eco seco en el hueco de la escalera.
En la segunda planta, la puerta de roble del despacho de Koldo Aranguren estaba entreabierta. Una rendija de luz amarilla se proyectaba sobre la moqueta del pasillo.
Lidia empuñó la empuñadura de su arma reglamentaria y empujó la puerta con fuerza de un solo golpe seco, abriéndola de par en par.
—¡Policía! ¡Koldo Aranguren, nadie se mueva!
Koldo estaba de espaldas a la entrada, inclinado sobre la trituradora de documentos instalada junto a la ventana.
El sonido estridente de las cuchillas metálicas cortando papel en tiras finas se detuvo en seco.
Al oír la voz de la inspectora, el director de operaciones se quedó completamente congelado, con los hombros rígidos bajo su chaqueta de traje gris oscuro.
Muy lentamente, con la mandíbula apretada y una expresión de fría resignación en el rostro maduro, Koldo giró la cabeza para mirarlos por encima del hombro.
—Llegan tarde, inspectora Barral —dijo con voz grave, pausada y perfectamente serena, sin rastro de pánico—. El disco duro principal de la contabilidad B ya está reducido a cenizas.
Izan dio un paso al frente, rodeando el escritorio con rapidez para cortarle cualquier vía de escape hacia el ventanal trasero.
—Las cenizas no sirven para blanquear dinero, Aranguren, pero la copia de seguridad que rescatamos del ordenador de Rius sí —replicó Izan, mostrando las esposas metálicas con un brillo amenazante—.
Estás detenido por administración desleal, blanqueo de capitales y por ser el cooperador necesario en el encubrimiento de dos asesinatos.
Koldo exhaló un suspiro profundo, cerrando los ojos un instante antes de girarse por completo hacia ellos y extender las muñecas con total docilidad, como si llevar años esperando el momento inevitable en que la mentira se derrumbara.