CAPÍTULO 21
La luz del flexo de Izan era el único punto brillante en una oficina de judicial que ya olía a fin de turno. Las persianas estaban bajadas para evitar el reflejo del sol de la tarde sobre los monitores, y el zumbido del ventilador de la torre del PC parecía marcar los segundos de una cuenta atrás.
Lidia se inclinó sobre el hombro de su compañero, con los ojos fijos en la ristra de números y códigos bancarios que parpadeaban en la pantalla.
—El titular de la cuenta matriz no aparece a nombre de ninguna persona física —murmuró Izan, tecleando a toda velocidad con los dedos rígidos—.
Está domiciliada en un paraíso fiscal del Caribe, pero las órdenes de transferencia y los abonos mensuales locales se gestionaban desde una sucursal física aquí mismo, en el centro de Puerto de la Roca.
—Una cuenta nodriza —dedujo Lidia con tono gélido—.
Alguien utilizaba a Rius como testaferro para mover el dinero negro de las licitaciones públicas del puerto y de los sobornos del astillero, y lo hacía desde las narices de la propia administración.
¿De quién es la firma autorizada en la sucursal local?
Izan pulsó la tecla de acceso rápido para desencriptar el último registro fiscal que la científica había logrado descifrar de los archivos borrados de Rius.
Una ventana emergente saltó en el monitor, mostrando el escaneo de un impreso oficial de apertura de cuenta fechado seis años atrás, con una firma manuscrita y una fotocopia del DNI grapada en la esquina superior derecha.
Lidia se quedó sin respiración.
El nombre impreso en el documento no correspondía ni a Fernando Soler, ni al excomisario Perales, ni al propio Gonzalo Rius. Era el director de operaciones logísticas del astillero y mano derecha de confianza del consejo de administración: Koldo Aranguren.
—El hombre discreto —susurró Izan, abriendo los ojos de par en par—. El que siempre se mantenía en un segundo plano durante las reuniones con los inspectores de trabajo y las autoridades portuarias. Nunca firmaba los contratos directos, pero gestionaba el flujo de caja diario.
—Y era el único que sabía que Valentina había empezado a revisar los libros contables antiguos antes de morir —añadió Lidia, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda—.
Rius no actuaba por iniciativa propia al matar a Mara en 2014 ni al silenciar a Valentina.
Tenía un pagador que dirigía los hilos desde la dirección ejecutiva, alguien que temía que la auditoría interna de la hija de Soler destapara el agujero negro de las cuentas.
Izan cogió su teléfono móvil de la mesa sin pensarlo un segundo.
—Voy a pedir una orden de localización inmediata al juez de guardia. Si Aranguren huele que la científica ha descifrado el disco duro, intentará largarse del país en el primer ferri o por la carretera comarcal.
—No esperes a la orden firmada por escrito —le cortó Lidia con una media sonrisa tensa, cogiendo su abrigo del respaldo y comprobando el cargador de su arma reglamentaria—.
Llámalo por teléfono, hazle creer que venimos a hacerle una simple pregunta rutinaria sobre las nóminas del astillero...
y pilla las llaves del coche patrulla. Vamos a visitarlo a su despacho antes de que apague el ordenador.