CAPÍTULO 20
El sol de media mañana se filtraba con pereza a través de las rendijas de la persiana en el salón de Lidia. Sobre la mesita auxiliar, junto a una taza de café solo ya fría, descansaba el teléfono móvil en modo silencio, con la pantalla apagada.
Lidia abrió los ojos despacio. Durante unos segundos, el silencio absoluto de su casa le produjo una desorientación extraña; no había zumbidos de aire acondicionado de comisaría, ni impresoras echando humo, ni el eco de pasos apresurados en los pasillos de judicial.
Se levantó envuelta en una bata de punto, se asomó a la ventana y respiró hondo el aire limpio que dejaba el Mediterráneo tras la tormenta.
Se preparó una infusión caliente de té verde con jengibre y limón, dejando que el calor de la taza le devolviera poco a poco la lucidez a los dedos y la calma al pensamiento.
A pocos kilómetros de allí, en su pequeño piso del centro de Puerto de la Roca, Izan vivía una estampa completamente distinta.
La televisión estaba encendida en un canal de noticias local que repetía en bucle la caída del imperio de Fernando Soler y el precinto del astillero.
Izan, vistiendo ropa de estar por casa y con una tostada de aceite y tomate en una mano, observaba la pantalla mientras le daba un sorbo a un café con leche templado.
Su teléfono móvil vibraba intermitentemente sobre la encimera de la cocina con avisos de grupos de WhatsApp y llamadas perdidas de la redacción de los periódicos comarcales.
—Que os den a todos —murmuró con media sonrisa, colgando la llamada de un periodista antes de apagar el móvil y meterlo en un cajón.
Hacia las doce del mediodía, las puertas automáticas de cristal de la comisaría de Puerto de la Roca se abrieron con su característico zumbido.
Lidia e Izan cruzaron el umbral casi al unísono, con apenas un minuto de diferencia.
Ambos vestían ropa de calle más cómoda —una americana informal sobre un jersey fino en el caso de ella; una cazadora bomber y vaqueros oscuros en el de él—, pero el brillo de alerta y determinación había vuelto a sus miradas.
Izan llevaba dos vasos de cartón humeantes con café recién hecho de la cafetería de la esquina y le tendió uno a Lidia al verla llegar junto a su mesa.
—Veo que has sobrevivido al apagón tecnológico —comentó Izan con sorna, entregándole el café.
—Necesitaba exactamente ocho horas de desconexión absoluta para no acabar pegándole un tiro al próximo periodista que me pregunte por los chanchullos de los Soler —respondió Lidia, aceptando el vaso y dando un sorbo largo y agradecido—. ¿Cómo está el panorama por los pasillos?
—Tranquilo, de momento —informó Izan, sentándose en su silla y encendiendo el ordenador con rapidez—.
El juez ha fijado la declaración del administrador financiero de la empresa para mañana por la mañana.
Y la científica ha terminado de volcar los datos del disco duro que incautamos en la oficina de Rius.
Lidia dejó el café sobre la mesa, se quitó la cazadora y se acercó a la pantalla de su compañero con paso firme. El descanso había terminado; el misterio del muelle negro aún guardaba sorpresas.
—¿Qué hay en ese disco duro? —preguntó con los ojos fijos en el monitor.
—Nombres, fechas y transferencias aisladas —dijo Izan, pulsando una tecla para desplegar un documento cifrado—.
Y lo más interesante: una lista de pagos periódicos a una cuenta anónima que no pertenece a ningún directivo del astillero, pero que hacía retiros de efectivo exactos cada vez que Rius recibía su "comisión" en el puerto.