Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 19
24%

CAPÍTULO 19

El silencio nocturno de la comisaría se vio interrumpido únicamente por el leve zumbido de los fluorescentes del pasillo.

Eran casi las cinco de la madrugada cuando Lidia cerró de golpe el cajón de su escritorio, frotándose los ojos con las palmas de las manos para alejar el ardor de tantas horas sin dormir.

Izan, con la chaqueta arrugada sobre el respaldo de su silla y la corbata completamente floja, ni siquiera levantó la vista de la pantalla del ordenador.

—Si miras un minuto más el informe de balística, te aseguro que los números van a empezar a bailar la conga —dijo Izan con voz ronca, bostezando abiertamente mientras estiraba los brazos hacia el techo.

Lidia dejó escapar una pequeña sonrisa cansada.

—Tienes razón. El muelle no se va a mover a ninguna parte y el puerto lleva ahí setenta años; puede esperar unas horas más.

Apagó el ordenador de su mesa y recogió su abrigo del perchero. Fuera, la tormenta por fin se había disipado, dejando un cielo limpio y cuajado de estrellas frías sobre el perfil oscuro del Mediterráneo.

—Vete a casa, Izan —ordenó Lidia con tono firme pero afectuoso—. Y ni se te ocurra pasar por la comisaría antes de mañana al mediodía.

—Acepto la orden sin rechistar, jefa —respondió él, cogiendo las llaves del coche con torpeza—. ¿Y tú? ¿Vas a dormir o te vas a encerrar a escribir teorías en la libreta?

—Prometo meterme en la cama, apagar el móvil y dormir de un tirón —mintió con una media sonrisa que su compañero le compró de inmediato sabiendo que, al menos por unas horas, el caso se quedaría en pausa.

Cada uno cogió su camino hacia la salida.

Para Lidia, el trayecto en coche hasta su casa fue un ejercicio de desconexión obligada: el sonido suave de los neumáticos sobre el asfalto aún húmedo y el aire fresco entrando por la ventanilla medio bajada.

Al cruzar la puerta de su piso, dejó las llaves sobre el recibidor, se quitó los zapatos y, sin mirar la hora en el despertador, se dejó caer sobre las sábanas.

Por fin, durante unas pocas horas, los fantasmas de Mara y Valentina, los gritos de Soler y la sombra de la vieja fundición se quedaron fuera, encerrados tras la puerta del descanso.