CAPÍTULO 18
El ambiente en la comisaría de Puerto de la Roca era una mezcla extraña de resaca tras el temporal y un silencio sepulcral.
En la sala de descanso de la tercera planta, el zumbido constante de la máquina de café automática era lo único que competía con el tecleo monótono de los informes que debían entregarse en los juzgados antes del mediodía.
Izan dejó caer sobre la mesa de pino un dosier azul marino con los sellos de intervención judicial. Estaba agotado, con ojeras profundas que delataban las casi cuarenta horas sin pasar por casa, pero en su rostro se dibujaba una mueca de satisfacción contenida.
—El juzgado de guardia acaba de prorrogar la detención de Fernando Soler y del excomisario Perales sin fianza —anunció Izan, abriendo un bote de refresco de cola con un chasquido metálico—.
Les van a llover tantas querellas por los chanchullos del astillero que van a necesitar un ala entera de la prisión solo para sus abogados.
Lidia, de pie junto al ventanal con una taza de café humeante entre las manos, contemplaba cómo la lluvia daba paso a una tímida claridad sobre los tejados del puerto. No se había movido en diez minutos.
—Perales era la pieza clave de todo el engranaje —dijo Lidia con voz ronca, sin apartar la vista del exterior—.
Doce años de falsedades protegidas por placas y favores políticos.
Lo que más me quema no es que Soler comprara su impunidad, sino que un policía con galones decidiera destruir la vida de un crío inocente solo para mantener limpia la reputación de un empresario de la zona.
—La corrupción local siempre deja los peores cadáveres, jefa —respondió Izan, sentándose en el borde de la mesa y cruzando los brazos—. Pero al menos esta vez la verdad ha reventado el sistema desde dentro.
Lidia dio un sorbo al café y se giró hacia su compañero, cambiando el tono de la conversación.
—¿Qué se sabe del consejo de administración del astillero? Con Fernando Soler entre rejas y el director financiero huido a mitad de semana, la empresa está a un paso de la suspensión de pagos.
—Los buitres ya están sobrevolando el puerto —confirmó Izan, hojeando una nota informativa en su tablet—.
Los fondos de inversión británicos que financiaban la expansión de los muelles han mandado a un equipo de auditores.
Quieren liquidar los activos antes de que el escándalo salpique los contratos internacionales.
El astillero tal como lo conocíamos ha muerto.
Lidia asintió despacio, sabiendo que la caída de un gigante industrial de esa magnitud arrastraría a cientos de familias del municipio que no tenían culpa de los crímenes de los Soler.
Era una victoria agridulce: se había hecho justicia con Mara y Valentina, pero las cicatrices en el pueblo tardarían generaciones en cerrarse.
—Queda un cabo suelto —murmuró Lidia con expresión seria.
Izan frunció el ceño, dejando el refresco a un lado.
—¿Te refieres al entorno de la familia? ¿La esposa de Soler?
—No. Su esposa sabía lo justo para mirar hacia otro lado, protegida por su estatus y su mansión frente al mar.
Me refiero al círculo de seguridad que protegía a Rius en el muelle —explicó Lidia, caminando hacia su mesa y cogiendo una libreta de notas—.
Gonzalo Rius llevaba años moviendo hilos en el puerto negro.
Y los seis mil euros que Valentina le entregó antes de morir no salieron de una cuenta corriente legal de la empresa.
Izan se puso en pie de inmediato, captando al vuelo la implicación.
—¿Estás diciendo que el chantaje de Valentina iba más allá de la muerte de Mara?
—Estoy diciendo que Rius no solo encubría un asesinato —sentenció Lidia. Tenía un socio en la sombra dentro de la dársena. Y antes de que el juez precinte definitivamente las oficinas del puerto, necesitamos saber quién le vendió el arma y quién le ayudó a mover el dinero negro de los Soler.