CAPÍTULO 17
La mañana avanzaba con un cielo plomizo que descargaba chubascos intermitentes sobre los campos de los alrededores de Montealto. El Ford Focus camuflado de la policía autonómica se detuvo frente al control de acceso principal de la prisión antes de las diez.
Esta vez no hacía falta cruzar los pasillos oscuros ni esperar en las cabinas blindadas de los vis a vis.
Lidia e Izan cruzaron la puerta de funcionarios con una resolución distinta. En la mesa del director del centro penitenciario, un documento oficial con la firma urgente del titular del Juzgado de Instrucción número dos de Puerto de la Roca descansaba sobre la madera oscura.
—La orden de libertad provisional sin fianza ya ha sido cursada al negociado de ingresos y salidas —dijo el director de Montealto, un hombre de cabello canoso y gafas de montura fina, mientras les devolvía una copia sellada—.
El fiscal jefe ha dado el visto bueno inmediato tras recibir el atestado de la científica y la confesión de Fernando Soler.
Las pruebas de ADN y la invalidez del antiguo atestado de Perales no dejan margen legal para retenerlo ni un minuto más.
—¿Dónde está Julián? —preguntó Izan.
—En el economato, recogiendo sus pertenencias. En diez minutos estará aquí.
Cinco minutos más tarde, la puerta lateral de la sala contigua se abrió.
Julián Romero apareció acompañado por un funcionario de prisiones.
Llevaba una bolsa de lona gris con sus pocas posesiones personales al hombro.
Su rostro seguía siendo el de un hombre marcado por doce años de encierro, pero la rigidez y la sombra de culpa que lo habían acompañado en las visitas anteriores habían desaparecido por completo.
Al ver a Lidia y a Izan de pie junto al despacho, Julián se detuvo en seco. Parpadeó un par de veces, como si le costara creer que la escena fuera real.
—Se acabó, Julián —dijo Lidia con voz suave, dando un paso al frente—. Eres un hombre libre. El juez ha ordenado la anulación de la sentencia condenatoria de 2014 a la espera de la revisión definitiva de la causa.
Julián soltó la bolsa de lona. El ruido sordo al golpear contra el suelo de parqué fue el único sonido que rompió el silencio de la estancia. Se llevó las manos a la cara, temblando visiblemente, mientras las lágrimas que había guardado durante más de una década brotaban sin control por fin.
Izan desvió la mirada hacia la ventana, sintiendo un nudo en la garganta, mientras Lidia se acercaba y le ponía una mano firme y respetuosa sobre el hombro.
—Tienes un permiso médico para ver a tu hermano Marcos en el hospital penitenciario de la capital antes de que le den el traslado al módulo judicial —le informó la inspectora con delicadeza—. Pero fuera de aquí, nadie va a volver a cerrarte una celda en las narices.
Julián secó sus ojos con el dorso de la manga, tragando saliva con esfuerzo antes de articular palabra.
—Mi madre... —murmuró con la voz rota—. ¿Sabe mi madre que... que todo esto ha terminado?
—La patrulla de asistencia social de la comisaría la acompañó anoche a su domicilio tras enterarse de la detención de Soler —le aseguró Izan, volviéndose hacia él con una pequeña sonrisa de ánimo—. Está esperándote en casa.
Julián miró a ambos inspectores con una gratitud tan profunda que sobrepasaba cualquier formalidad policial.
—Gracias —fue lo único que pudo decir.
Media hora después, el coche patrulla abandonaba el perímetro de Montealto cruzando las grandes puertas metálicas que se cerraban a sus espaldas, esta vez para dejar el camino abierto hacia el exterior.
Pero para Lidia Barral, el final de un caso nunca significaba el cierre definitivo de las heridas.
Mientras conducía de regreso hacia Puerto de la Roca, con la lluvia arreciando de nuevo sobre el asfalto, sabía que la caída de los Soler y la verdad sobre Mara y Valentina dejarían una cicatriz imborrable en el municipio.