CAPÍTULO 16
La lluvia golpeaba con furia las cristaleras de la comisaría de Puerto de la Roca, convirtiendo el exterior en una mancha gris y borrosa. Eran pasadas las cuatro de la madrugada, pero el edificio flotaba en una atmósfera de tensión eléctrica donde nadie había dormido en veinticuatro horas.
En la sala de interrogatorios de la primera planta, el ambiente era tan denso que costaba respirar.
Fernando Soler, con la camisa arrugada y las muñecas marcadas por las bridas, ocupaba la silla de metal al otro lado de la mesa de formica.
Ya no quedaba nada del magnate altivo y prepotente que los había recibido en su despacho con una orden judicial de por medio.
Tenía la mirada perdida en los arañazos de la superficie metálica, con las manos temblorosas entrelazadas sobre las piernas.
Lidia abrió la puerta con un golpe seco y dejó caer pesadamente sobre la mesa una carpeta marrón repleta de transcripciones y copias de seguridad.
Se sentó frente a él sin mediar palabra, cruzando los brazos.
Izan permanecía de pie junto al rincón, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa, vigilando cada microgestión del empresario.
—La balística del arma que le quitamos a Marcos Romero en la nave de fundición no deja margen a la duda, señor Soler —rompió el silencio Lidia, con voz fría y metódica—.
La misma pistola que percutió el proyectil que mató a Gonzalo Rius.
Marcos entró en su casa buscando venganza por los doce años de infierno de su hermano.
Y si nosotros no llegamos a intervenir a tiempo, usted ahora mismo estaría frío en una morgue.
Soler tragó saliva con dificultad. Su garganta parecía seca como el esparto.
—Yo... yo no mandé matar a Rius —susurró el empresario, con un hilo de voz apenas audible—. Juro que no sabía que Marcos iba a salir de prisión ni que venía a por mí. Creí que Rius era leal. Creí que lo tenía todo bajo control...
—Nunca tuvo nada bajo control, Soler —lo interrumpió Izan con desprecio contenido—.
Compró silencios, falsificó atestados con la complicidad del viejo Perales, arruinó la vida de un inocente y dejó que su propia hija, Valentina, cargara con el peso de descubrir que su familia se sustentaba sobre cadáveres.
—Valentina no... Valentina no debía saber nada —rompió a llorar Soler, ocultando el rostro avejentado entre las palmas de las manos—. Quería protegerla. Todo lo que hice durante doce años fue para que el astillero no cayera y mis hijas tuvieran un futuro...
—Su hija mayor era Mara Barranco —le recordó Lidia sin un ápice de empatía en la mirada—.
La dejó morir en el olvido social, la ocultó como una vergüenza y cuando Rius la asesinó, miró hacia otro lado.
Y cuando Valentina ató cabos, buscó los seis mil euros para intentar reparar el daño y amenazó con destaparlo todo, el monstruo que usted mantuvo en nómina durante años la estranguló y la tiró al mar.
El eco de las palabras de la inspectora rebotó en las paredes de azulejos blancos. Soler sollozó con fuerza, derrumbado por completo bajo el peso de su propia ruina.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó el empresario con la voz rota.
—Lo que debió pasar hace doce años —respondió Lidia levantándose de la silla con elegancia y recogiendo su carpeta—.
El juez de guardia ya ha firmado su detención formal por encubrimiento de homicidio, cohecho, obstrucción a la justicia y falsificación documental en concurso con el excomisario Perales, que también está siendo detenido en este momento en su casa.
Izan dio un paso al frente, haciendo señas hacia la puerta.
—Se acabó el imperio del astillero, Soler. Levántese. Nos vamos al calabozo.