CAPÍTULO 15
El silencio en el despacho presidencial era sofocante. Las gotas de lluvia golpeaban con fuerza contra el cristal ventanal mientras Fernando Soler permanecía con la cabeza gacha, apoyada sobre sus manos entrelazadas.
Lidia dejó la prueba de paternidad sobre la mesa, justo delante del empresario.
—Mara Barranco era su hija —repitió Lidia con voz firme—. Y usted lo sabía.
Soler dejó escapar un suspiro largo y tembloroso antes de alzar la vista. Tenía los ojos empañados y el rostro envejecido diez años de golpe.
—Su madre trabajó en la oficina de contabilidad del astillero a finales de los noventa —confesó Soler con la voz quebrada—.
Fue un desliz... una historia breve que terminó antes de que Mara naciera.
Cumplí financieramente con ellas en la sombra, pero nunca la reconocí legalmente.
Mi esposa y la familia de mi mujer no podían enterarse.
—Y en 2014, Mara empezó a hacer preguntas —dedujo Izan, apoyando los puños sobre el escritorio.
—Mara descubrió la verdad cuando cumplió los dieciocho años —asintió Soler, tragando saliva—.
Se presentó aquí, en este mismo despacho.
No quería dinero; quería su sitio. Quería que la reconociera públicamente.
Pero eso habría destruido mi matrimonio, mi reputación y la imagen de la empresa en un momento crucial de expansión.
—Así que le encargó a Gonzalo Rius que se ocupara del asunto —dijo Lidia, sintiendo cómo se le encendía la sangre.
—¡No! —estalló Soler, dando un golpe en la mesa—.
¡Jamás ordené que le hicieran daño! Le pedí a Rius que la convenciera para marcharse de la ciudad, que le ofreciera un piso y una asignación mensual en Barcelona.
Pero Rius era un tipo violento, torpe...
Se le fue de las manos la noche que la citó en la nave tres.
—Rius la mató —concluyó Izan—. ¿Y la espiral de bronce?
—Un enfermizo sello personal —murmuró Soler con amargura—.
Rius era el encargado del taller de fundición.
Años atrás había diseñado esa espiral como logotipo para una serie de anclas conmemorativas que nunca llegaron a fabricarse.
Cuando mató a Mara, usó ese molde para dejar su marca y simular el crimen de un perturbado.
—Y usted lo cubrió todo —acusó Lidia con frialdad—. Compró el silencio de Rius, dejó que un muchacho inocente como Julián Romero se pudriera en la cárcel y cerró el caso con la ayuda del antiguo comisario Perales.
Soler apretó los dientes, sin negar la evidencia.
—Tenía que proteger a mi familia... A mi otra hija, a Valentina. Ella no tenía la culpa de mis errores del pasado.
—Pero Valentina acabó descubriéndolo —intervino Izan, señalando los documentos de la caja fuerte—. Encontró las facturas, la prueba de ADN y las transferencias periódicas a la cuenta de Rius.
—Valentina no podía vivir con esa culpa —admitió el empresario, rompiéndose a llorar por primera vez—.
Cuando descubrió que su hermana había sido asesinada por nuestro propio jefe de seguridad y que un inocente estaba en prisión, se enfrentó a Rius.
Sacó esos seis mil euros para pagarle un billete de salida a Julián cuando saliera o para contratar un abogado que reabriera la causa.
—Y Rius la mató a ella también —dijo Lidia, uniendo las piezas finales—. Valentina amenazó con ir a la policía esa misma noche y Rius la asfixió, le puso el medallón para desviar la atención hacia el pasado y tiró su cuerpo al agua.
—Pero si Rius mató a Valentina... —interrumpió Izan, mirando fijamente a Lidia—, ¿quién le pegó un tiro a Rius anoche en su casa?
Lidia miró a Soler. El empresario negó con la cabeza con gesto aterrorizado.
—Yo no he sido —juró Soler, temblando—. Se lo juro por la memoria de mi hija. Yo no mandé matar a Rius.
En ese momento, el teléfono móvil de Lidia vibró sobre la mesa. Era una llamada entrante de la comisaría. Lidia descolgó e hizo una señal a Izan para que escuchara.
—Inspectora Barral —dijo la voz agitada del comisario Bermúdez al otro lado—. La científica acaba de terminar de cotejar el balístico del proyectil que mató a Gonzalo Rius esta madrugada.
—¿Tenemos coincidencia? —preguntó Lidia.
—Sí —respondió Bermúdez—. La bala salió de un arma corta registrada a nombre de una persona que salió de la cárcel de Montealto con un permiso extraordinario de veinticuatro horas ayer por la tarde.
Lidia e Izan se cruzaron una mirada de pura estupefacción.
—¿Quién, comisario?
—El hermano mayor de Julián Romero.