Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

La lluvia había dado un respiro, dejando paso a una niebla densa que envolvía el puerto pesquero como una mortaja.

Lidia e Izan cruzaron el control de acceso de Astilleros Soler acompañados por dos agentes de la científica y la secretaria del Juzgado de Instrucción número dos, que portaba la orden de registro en la mano.

En la segunda planta de las oficinas principales, la secretaria de dirección intentó frenarlos con gesto descompuesto, pero Lidia empujó la doble puerta de roble del despacho presidencial sin pedir paso.

Fernando Soler estaba sentado tras su escritorio de madera clara, frente a una pared de cristal reflectante. Al ver entrar a la comitiva policial, el empresario se puso en pie de golpe, con el rostro desencajado por la indignación.

—¿Qué significa esta intromisión, Barral? —bramó Soler, apoyando los puños sobre la mesa—. ¡Mi jefe de seguridad ha sido asesinado esta madrugada y ustedes irrumpen en mi empresa como si esto fuera un nido de delincuentes!

—Significa que la investigación ha cambiado de rumbo, señor Soler —respondió Lidia con serenidad helada, mientras la secretaria judicial desplegaba el documento sobre el escritorio—. Tenemos una orden judicial de registro para su despacho, sus archivos privados y la caja fuerte empotrada.

Soler palideció sutilmente, aunque sostuvo la mirada de la inspectora con la altivez de quien está acostumbrado a mandar.

—Esto es un atropello. Mi abogado está de camino.

—Puede llamar a quien quiera —intervino Izan, poniéndose unos guantes de nitrilo azul—. Gonzalo Rius fue ejecutado hace unas horas. Tenía en su poder los seis mil euros en efectivo que su hija retiró del banco antes de morir. Rius estaba extorsionando a Valentina.

—Eso es absurdo —farfulló el empresario, aunque la falta de firmeza en su voz era evidente—. Rius llevaba doce años trabajando para mi familia. Era un hombre leal.

—Rius era el encargado de la nave de fundición cuando mataron a Mara Barranco en 2014 —recordó Lidia, dando un paso hacia él—. Y era el único que sabía que el molde de la espiral no se improvisó hace doce años, sino que se fabricó mucho antes por un encargo privado de esta empresa.

Soler apretó la mandíbula hasta que los músculos del cuello se le tensaron como cuerdas. No dijo una sola palabra.

Izan caminó directamente hacia el panel de madera barnizada situado a la izquierda del ventanal. Desplazó un cuadro al óleo con la imagen del primer buque fundado por la compañía y dejó al descubierto la puerta metálica de una caja fuerte de combinación electrónica.

—Señor Soler, abra la caja o llamaremos al cerrajero forense —ordenó Lidia.

El empresario miró a Lidia, luego a la secretaria del juzgado y finalmente a la pantalla del código. Con manos ligeramente temblorosas, se acercó al panel y tecleó seis dígitos. Un chasquido metálico indicó que el cierre mecánico se había liberado.

Izan tiró de la pequeña maneta de bronce y abrió la portezuela.

Dentro no había lingotes de oro ni fajos de billetes. En el estante superior descansaba una carpeta de cuero negro marcaba con el sello personal de Valentina.

Lidia se acercó y extrajo el expediente con cuidado. Al abrirlo sobre la mesa de despacho, aparecieron decenas de recortes de prensa de 2014, copias de las facturas de mantenimiento de la nave tres y un libro de registros contables antiguo con páginas manuscritas.

Pero lo que detuvo el corazón de Lidia fue un documento oficial fechado tres días antes del crimen: una prueba de paternidad privada encargada por la propia Valentina en un laboratorio de Barcelona.

Lidia leyó el resultado en voz alta, rompiendo el silencio atronador del despacho:

— «Compatibilidad genética entre Valentina Soler y la muestra biológica de Mara Barranco: 50%. Coincidencia de rama paterna directísima.»

Izan alzó la vista, impactado. Soler se dejó caer en su sillón, hundiendo el rostro entre las manos.

—Mara Barranco no era una víctima aleatoria del astillero —concluyó Lidia, mirando al magnate con profundo desprecio—. Mara era la hija ilegítima de Fernando Soler. La hermana mayor de Valentina.