CAPÍTULO 13
El amanecer irrumpió con un tono gris plomizo sobre la carretera comarcal que conducía al centro penitenciario de Montealto. Los limpiaparabrisas del coche patrulla camuflado barrían la llovizna fina de la mañana mientras Izan conducía en silencio, con la mirada clavada en el asfalto mojado.
En el asiento del copiloto, Lidia repasaba una y otra vez las fotografías del cadáver de Rius que el equipo de la científica le había enviado al móvil antes de salir de la comisaría.
—El tiro fue limpio, directo al corazón —dijo Lidia sin levantar la vista de la pantalla—. Calibre nueve milímetros parabellum. La misma munición que usan la mayoría de las armas cortas no reglamentarias que circulan por el mercado negro del puerto.
—Y el dinero estaba intacto —añadió Izan, apretando el volante—. Seis mil euros en billetes de cincuenta dentro de la bolsa de viaje. Quien mató a Rius no iba a por el dinero de Valentina; iba a cerrarle la boca.
—Rius era el único punto de unión directo entre las dos víctimas y la nave de fundición —asintió Lidia—. Y la etiqueta del casillero de Julián clavada en su pecho no fue un despiste. Fue una advertencia para nosotros.
Diez minutos después, el imponente muro de hormigón armado de la prisión de Montealto recortaba el horizonte.
Tras cruzar los tres controles de seguridad y dejar sus armas reglamentarias en los armeros de la entrada, un funcionario los guio por un pasillo interminable hasta la sala de visitas de máxima seguridad.
La estancia era fría, de paredes desconchadas y dividida por un cristal blindado sobre una mesa fija de metal.
Lidia e Izan se sentaron. Unos segundos más tarde, la puerta pesada del lado opuesto se abrió y dos guardias acompañaron al interno hasta la silla.
Julián Romero no parecía sorprendido de volver a verlos tan pronto. El cansancio de doce años entre muros se reflejaba en su rostro enjuto y en su mirada pálida, pero al sentarse frente al cristal blindado, sus ojos oscuros clavaron una lucidez punzante en la inspectora.
Apoyó los antebrazos esposados sobre la mesa y esperó a que el guardia cerrara la puerta a sus espaldas.
—Volvemos a vernos antes de lo previsto, inspectora Barral —dijo Julián con voz áspera—. Supongo que no han venido a disculparse por la última vez. ¿Qué ocurre ahora?
—Esta madrugada han asesinado a Gonzalo Rius —soltó Lidia sin rodeos, apoyando las palmas de las manos sobre el borde de la mesa.
Un estremecimiento imperceptible cruzó el rostro de Julián. Se quedó inmóvil un segundo antes de apoyar la espalda contra el respaldo de la silla metálica.
—Rius... —murmuró, como si pronunciar el nombre le dejara un sabor amargo en la boca—. El perro fiel de los Soler.
—Alguien le pegó un tiro en su casa mientras hacía las maletas para huir —intervino Izan, acercándose a la rejilla del micrófono—. Tenía los seis mil euros que Valentina sacó del banco. Y sobre su pecho, el ejecutor dejó clavada la etiqueta de tu viejo casillero de aprendiz en la nave de fundición.
Julián apretó los puños. Las esposas tintinearon contra el metal de la mesa.
—Me están volviendo a colgar el muerto —dijo con un hilo de voz, en el que se mezclaban la rabia y la impotencia—. Llevo doce años encerrado aquí dentro. Yo no he tocado a ese hombre.
—Sabemos que no fuiste tú, Julián —dijo Lidia con voz firme pero calmada—. El laboratorio de la científica ha extraído un perfil de ADN del reverso de la foto de Mara que encontramos en el molde de la nave tres. Y ese ADN no es tuyo.
Julián parpadeó, descolocado. La rigidez de sus hombros cedió un milímetro, como si por primera vez en más de una década escuchara a un policía decir la verdad.
—¿No... no era mío? —susurró.
—El caso de 2014 era una farsa y el verdadero asesino sigue suelto —prosiguió Lidia—.
Pero necesitamos que nos digas la verdad de una vez.
Valentina estuvo merodeando esta prisión tres días antes de morir y usando un teléfono prepago.
Sabía algo sobre la noche que murió Mara. ¿Con quién intentaba contactar aquí?
Julián bajó la cabeza durante unos eternos segundos. Cuando volvió a levantar la vista, en el fondo de sus ojos no había resignación, sino un terror antiguo que renacía con fuerza.
—Valentina no intentaba hablar conmigo, inspectora —reveló Julián en un susurro grave—. Valentina intentaba descubrir qué guardaba su padre en la caja fuerte del astillero.
—¿A qué te refieres? —insistió Izan.
—Rius no mandaba en esa nave de fundición —explicó Julián, inclinándose hacia el cristal—. Rius solo obedecía órdenes. El molde en espiral no se fabricó para Mara en 2014... Se hizo años antes por un encargo privado de la propia familia Soler.