CAPÍTULO 12
La noche había dado paso a una madrugada cerrada y brumosa. El coche patrulla camuflado aparcó a cien metros del domicilio de Gonzalo Rius, una casa unifamiliar de planta baja situada en las afueras de Puerto de la Roca, cerca de la antigua carretera comarcal.
Lidia se ajustó el chaleco antibalas bajo la chaqueta y comprobó el cargador de su arma reglamentaria antes de meterla de nuevo en la funda.
—Si Rius ha visto que nadie respondía a sus llamadas desde la cabina y sospecha que estamos tras él, no va a esperarnos para tomar el café —dijo Lidia en voz baja, mirando la fachada a oscuras de la vivienda. —
La patrulla de apoyo está posicionada en la calle trasera —confirmó Izan, bajando el volumen de la emisora de radio—. No tiene vía de escape.
Avanzaron con sigilo por la acera húmeda. El silencio de la urbanización solo lo rompía el lejano rumor del oleaje rompiendo contra los acantilados. Al llegar a la verja del patio delantero, Lidia notó algo extraño: la puerta peatonal estaba entornada, sin el pestillo puesto.
Izan sacó su linterna táctica y la mantuvo pegada al cuerpo, iluminando con un hilo tenue de luz el suelo del porche.
—Lidia, mira esto —susurró.
En el primer escalón de la entrada había una mancha oscura y viscosa que aún no se había secado del todo. Lidia se agachó levemente sin tocar nada: era sangre.
Hizo una señal con la mano a Izan. Desenfundaron las armas al unísono, pegándose a la pared lateral de la casa.
—¡Policía! —gritó Lidia, empujando la puerta principal de un firme taconazo.
El portón de madera cedió con un golpe seco. El interior estaba a oscuras y olía a cobre fresco y pólvora. No había luces encendidas, solo el parpadeo azulado de un televisor sin señal en el fondo del salón.
—¡Rius! ¡Manos donde pueda verlas! —ordenó Izan, cubriendo el ángulo izquierdo del pasillo con la linterna.
Avanzaron paso a paso, manteniendo la distancia de seguridad. Al girar en la esquina del pasillo que daba al despacho principal, la luz del candil táctico tropezó con una escena escalofriante.
Gonzalo Rius estaba tendido de espaldas sobre la alfombra. Llevaba una chaqueta de cuero y botas de montaña. Un reguero denso de sangre brotaba de su pecho, empapando la camisa blanca. Junto a su mano derecha yacía una bolsa de viaje abierta a medio llenar con ropa y fajos de billetes de banco.
Lidia se arrodilló de inmediato junto al cuerpo, buscando el pulso en la carótida.
—Está muerto —dijo con voz gélida—. Hace apenas diez o quince minutos. El asesino ha estado aquí justo antes que nosotros.
Izan inspeccionó el perímetro del despacho, apuntando hacia la ventana trasera, cuyo cristal inferior estaba hecho añicos.
—Entró por atrás —señaló el subinspector—. Rius estaba haciendo las maletas para huir con los seis mil euros que le sacó a Valentina. El asesino vino a silenciarlo antes de que hablara con la policía.
Lidia se puso en pie, mirando detenidamente el cadáver del jefe de seguridad. Sobre el pecho ensangrentado de Rius, el asesino no había dejado una espiral de cobre esta vez.
En su lugar, clavada en la carne con una pequeña daga de pesca, había una vieja etiqueta de identificación de plástico amarillo, del tipo que se utiliza para marcar los casilleros de los empleados en el astillero.
Lidia inclinó la cabeza para leer el número troquelado en el plástico gastado:
CASILLERO 04 — APRENDIZ: JULIÁN ROMERO.
Izan dejó escapar un juramento entre dientes.
—Nos está retando, Lidia —dijo el subinspector, mirando a su alrededor con la respiración agitada—. El asesino no solo mató a Mara en 2014 y a Valentina ayer. Quiere que volvamos al principio de todo.
—No —corrigió Lidia, con la mirada clavada en la etiqueta—. Nos está diciendo que la persona que incriminó a Julián Romero hace doce años sigue estando dentro del astillero. Y acaba de eliminar al único testigo que podía señalarlo.