Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 11
14%

CAPÍTULO 11

El zumbido del aire acondicionado en la sala de escuchas de la tercera planta era el único sonido que rompía el silencio de la madrugada. Sobre la mesa de pino, flanqueada por dos monitores con ondas de audio en tiempo real, acumulaban vasos de plástico vacíos con posos de café frío.

Izan se froto los ojos con los nudillos, reclinándose en la silla de oficina.

—El juez ha tardado cuatro horas en firmar la orden —dijo el subinspector, mirando el reloj de pared, que marcaba casi las dos de la mañana—. Pero ha servido de algo. El teléfono corporativo de Fernando Soler no ha parado de echar humo.

Lidia, con los brazos cruzados y apoyada en el borde de la mesa, ajustó los auriculares que llevaba colgados al cuello.

—¿Con quién ha hablado?

—Tres llamadas al gabinete de crisis de su empresa para controlar el impacto en bolsa —revisó Izan en su libreta—, dos con el alcalde... y cuatro llamadas entrantes desde una cabina pública del puerto dirigidas al jefe de seguridad: Gonzalo Rius.

Lidia frunció el ceño.

—¿El tipo de la cicatriz en la ceja?

—El mismo —asintió Izan—. El que no se separó de Soler durante nuestra entrevista en la oficina. Las llamadas desde la cabina fueron breves, de menos de veinte segundos cada una. Nada de voz; solo ráfagas de tonos de marcación corta. Un código preestablecido.

—Rius sabe algo —murmuró Lidia, sintiendo un chispazo de adrenalina—. Revisa su expediente. ¿Dónde estaba Gonzalo Rius en 2014?

Izan tecleó rápidamente en la base de datos de la red policial. La pantalla iluminó su rostro con un tono azulado mientras los registros de personal salían a la luz.

—A ver... Gonzalo Rius. Exmilitar, veterano de misiones internacionales. Se incorporó a Astilleros Soler en 2012 como encargado de logística y mantenimiento pesado.

Lidia se inclinó sobre la pantalla.

—Encargado de mantenimiento pesado... Eso significa que tenía control directo sobre las naves viejas. Incluida la nave tres de fundición.

—Y hay más —añadió Izan, bajando por el documento—. En el atestado de 2014 que firmó Perales, Rius figuraba como el encargado que supervisaba al turno de aprendices. Era el jefe directo de Julián Romero.

Lidia apretó los dientes. Las piezas del rompecabezas empezaban a encajar con una precisión aterradora. Rius tenía acceso al molde, conocía la distribución del taller abandonado, supervisaba a Julián y, doce años después, seguía al servicio de la familia Soler.

El teléfono de la sala sonó, sobresaltándolos a ambos. Lidia descolgó al primer tono.

—Barral.

—Inspectora, soy el doctor Serra —dijo la voz pausada del forense al otro lado de la línea—. Hemos terminado de procesar la caja de madera y el molde de yeso que encontraron en la fundición.

—Dígame que hay algo útil, doctor.

—No hay huellas dactilares utilizables en el yeso, el artesano usó guantes de látex o nitrilo. Pero hemos encontrado algo en el reverso del terciopelo azul donde descansaba la foto de Mara Barranco.

—Le escucho.

—Un resto microscópico de tejido epitelial —reveló Serra—. El tipo que guardó esa foto dejó una traza de sudor en la tela. Hemos extraído un perfil genético parcial de ADN.

Lidia sintió que la respiración se le aceleraba.

—¿Es de Julián Romero?

—Negativo, inspectora —sentenció Serra con rotundidad—. He cotejado el perfil con la base de datos de la prisión de Montealto. Ese ADN no pertenece a Julián. El hombre que guardó esa foto en la nave de fundición no es el que está entre barrotes.

Lidia miró a Izan, que la observaba en tensión aguardando el veredicto.

—Gracias, doctor Serra —dijo Lidia antes de colgar. Se giró hacia su compañero con la mirada encendida—. Prepara la orden de localización. Nos vamos a por Gonzalo Rius.