Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 10
13%

CAPÍTULO 10

El vestíbulo de la comisaría era un avispero. Los flashes de las cámaras fotográficas rebotaban contra las puertas de cristal de la entrada mientras un enjambre de periodistas agolpados tras el cordón policial gritaba preguntas al aire.

Lidia e Izan cruzaron la zona de recepción a paso rápido, esquivando a los agentes que intentaban mantener el orden, y subieron por las escaleras hacia el despacho de dirección.

Sin ni siquiera llamar a la puerta, Lidia empujó la madera.

El comisario Bermúdez estaba de pie junto al ventanal, con la americana quitada, las mangas de la camisa remangadas y el teléfono fijo pegado a la oreja. Al verlos entrar, farfulló una disculpa al interlocutor y colgó el auricular de un golpe seco.

—¡Es un circo! —gritó Bermúdez, descargando los puños sobre la mesa—. La Jefatura Superior de Barcelona acaba de llamarme. El consejero de Interior quiere explicaciones antes de las ocho. ¿Cómo coño se ha filtrado lo del medallón?

—Nosotros no hemos sido —dijo Lidia con voz helada, cerrando la puerta a sus espaldas para aislar el ruido del pasillo—. Acabamos de volver de casa de Eusebio Perales.

Bermúdez se pasó una mano cansada por la calva, soltando un resoplido.

—¿Y qué dice el viejo?

—Lo que nos temíamos —intervino Izan—. Cerró el caso de 2014 a martillazos. Había prisa por entregar un culpable, el pueblo quería sangre y Julián Romero era el chivo expiatorio perfecto. Omitió declaraciones sobre el coche sospechoso y ni se molestó en registrar la nave de fundición.

—¡Eso fue hace doce años, Torres! —replicó Bermúdez, señalando hacia la ventana—. ¡Lo que me importa es el incendio que tengo hoy fuera! El abogado de Fernando Soler ha amenazado con querellarse contra esta plantilla si no hay detenciones en veinticuatro horas.

—Pues que se querelle —dijo Lidia, dando dos pasos hacia el escritorio—. Porque Fernando Soler y su entorno nos están mintiendo.

Bermúdez frunció el ceño, haciendo una pausa.

—¿De qué hablas?

—Valentina no era la hija modélica que solo se preocupaba por la fundación del astillero —explicó Lidia, sacando una carpeta que traía bajo el brazo—.

Mientras estábamos en casa de Perales, pedí al equipo de informática que rastreara las clonaciones de las tarjetas SIM de la víctima.

Tres días antes de morir, Valentina no solo sacó seis mil euros en efectivo; también compró una tarjeta de prepago a nombre de una identidad falsa.

Izan miró a su jefa, sorprendido por el dato reciente.

—¿Con quién se comunicaba? —preguntó el subinspector.

—Con un único número no registrado —reveló Lidia—. Recibió más de veinte llamadas en las últimas cuarenta y ocho horas. La última localización de esa tarjeta prepago no fue en el centro del pueblo ni en el club náutico. Fue a doscientos metros del vis a vis de la cárcel de Montealto.

El silencio volvió a adueñarse del despacho. Bermúdez se dejó caer en su sillón de piel, atónito.

—¿Valentina Soler estuvo en las inmediaciones de la prisión? —murmuró el comisario.

—Estaba investigando lo mismo que nosotros —dijo Lidia con convicción—.

Valentina descubrió algo sobre el crimen de Mara Barranco de 2014, algo que tocaba de lleno a su propia familia o al astillero.

Intentó pagar un chantaje o conseguir información para sacar la verdad a la luz. Y por eso la mataron.

Izan apretó los dientes, conectando los puntos en su libreta.

—Si Valentina averiguó quién hizo el medallón original, el asesino no solo mató para silenciarla... —musitó el subinspector—. Usó su cuerpo para enviarnos un mensaje y demostrar que el caso de 2014 jamás estuvo cerrado.

Lidia miró a Bermúdez con expresión tajante.

—Quiero la autorización para intervenir las comunicaciones del entorno de Fernando Soler y del jefe de seguridad del astillero. Y la quiero ya.