Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

La lluvia descargaba con furia sobre la luna delantera del coche cuando aparcaron frente a una pequeña casa con jardín en la parte alta del pueblo.

La jubilación del antiguo comisario, Eusebio Perales, no parecía haberle sentado bien: la finca lucía descuidada, con los setos desbordados y las persianas maderas bajadas casi hasta el borde.

Lidia apagó el motor y se quedó unos segundos mirando el parabrisas.

—Si Perales pasó por alto esa nave o manipuló el atestado para cerrar el caso rápido, esto se va a convertir en un escándalo judicial —advirtió Izan, ajustándose la chaqueta del impermeable.

—Lo que me importa no es el escándalo, sino saber qué se dejó en el tintero hace doce años —respondió Lidia abriendo la puerta.

Subieron los tres escalones del porche y Lidia llamó al timbre. Tardaron casi un minuto en escuchar pasos arrastrados al otro lado. La puerta se abrió solo un palmo, sujeta por una cadena de seguridad.

Un hombre anciano, de cabello canoso y ralo, con los ojos hundidos y aspecto demacrado, los miró con recelo a través de la rendija.

—¿Inspectora Barral? —preguntó Perales con voz aguardentosa—. ¿Qué ocurre? No son horas.

—Necesitamos hablar con usted, comisario. Es urgente y sobre el caso de 2014 —dijo Lidia, mostrando su placa.

El viejo policía resopló, pero desenganchó la cadena y los dejó pasar. El interior de la vivienda olía a tabaco rancio y café hervido. El salón estaba abarrotado de libros y periódicos viejos apilados por las esquinas.

—Supongo que vienen por lo de la chica del puerto —dijo Perales, sirviéndose un vaso de agua con mano temblorosa mientras se sentaba en un sillón raído—. Lo he oído en el informativo regional. Un imitador.

—No es un imitador, comisario —soltó Izan de golpe, permaneciendo de pie junto a la ventana—. Hemos encontrado la matriz original del medallón en la fundición abandonada del astillero. Con una foto de Mara Barranco y un mensaje del asesino.

Perales se congeló con el vaso a medio camino de la boca. Un leve temblor recorrió sus labios antes de dejar el cristal sobre la mesa con un golpe seco.

—Eso es imposible —murmuró—. Julián Romero confesó implícitamente cuando encontramos las pruebas en su taquilla.

—Romero nunca confesó —lo corrigió Lidia con severidad, acercando una silla para sentarse frente a él—.

Usted cerró la instrucción en tiempo récord porque el ayuntamiento y la familia Soler querían acallar el pánico antes de la temporada de verano.

¿Por qué omitió en el informe que Mara y Julián habían encontrado un medallón idéntico días antes?

El viejo policía desvió la mirada hacia la ventana, apretando la mandíbula.

—Ese muchacho mentía. Decía que un coche oscuro los seguía cerca del astillero, pero no había ni un solo testigo que lo corroborara. Era una estratagema de su abogado.

—¿Y la declaración sobre la nave tres? —insistió Lidia, inclinándose hacia delante—. Julián era aprendiz allí. Alguien fabricó ese medallón en su propio lugar de trabajo y usted no ordenó registrar la línea de fundición.

—¡Teníamos el cuerpo, la hora de la muerte y a un sospechoso perfecto sin coartada!

—estalló Perales, poniéndose en pie con torpeza y señalando a Lidia con un dedo acusador—.

¿Sabes la presión que había sobre la comisaría?

La prensa nos devoraba vivos. El alcalde me llamaba tres veces al día.

Si no presentaba a un culpable en cuarenta y ocho horas, me quitaban el mando.

—Así que le entregó a la justicia al primero que encajaba —concluyó Izan con desprecio contenida.

—¡Hice mi trabajo con los datos que tenía! —gritó el anciano, aunque la falta de firmeza en su voz delataba su propia culpa—. Si el verdadero asesino sigue fuera, no es culpa mía. ¡Es un monstruo que supo jugar sus cartas!

Antes de que Lidia pudiera formular la siguiente pregunta, el teléfono móvil de Izan comenzó a vibrar con insistencia en su bolsillo. El subinspector miró la pantalla y frunció el ceño.

—Es el comisario actual —dijo, apartándose un par de metros para responder.

Lidia sostuvo la mirada del antiguo comisario. El anciano parecía haberse hecho más pequeño en cuestión de minutos, desplomado de nuevo sobre el sillón con la respiración fatigada.

—Si se demuestra que ocultó pruebas o falseó el atestado, el fiscal no va a tener piedad, Eusebio —dijo Lidia con voz gélida.

Izan colgó el teléfono y regresó junto a su jefa. Tenía el rostro completamente pálido.

—Tenemos un problema enorme en la comisaría —dijo en voz baja—.

Alguien ha filtrado a la prensa local que el cadáver de Valentina llevaba un medallón idéntico al de Mara Barranco.

Hay tres cadenas de televisión en la puerta y el abogado de la familia Soler acaba de presentar una denuncia por negligencia policial.

Lidia se puso en pie de golpe.

—Nos vamos —ordenó.

Al salir al porche, la lluvia fría le azotó la cara. El caso de doce años atrás no solo se estaba desmoronando, sino que la sombra del asesino volvía a cernirse sobre el Puerto de la Roca, amenazando con arrastrarlos a todos.