CAPÍTULO 8
El jefe de seguridad encendió una linterna halógena de gran potencia y el haz de luz amarilla cortó la penumbra, iluminando partículas de polvo en suspensión y viejas cadenas colgando de las vigas del techo.
—Nadie entra aquí desde que cerramos la sección —dijo el jefe de seguridad desde el umbral, cruzándose de brazos—. Las puertas metálicas exteriores siempre han estado cerradas con candado de cadena.
—Pues alguien ha estado paseando por aquí hace muy poco —respondió Lidia, señalando con la barbilla hacia el suelo.
Izan se agachó de inmediato, iluminando el pavimento de hormigón con su linterna de petaca.
Sobre la capa fina de hollín y polvo seco se apreciaban con claridad varias pisadas recientes que se adentraban hacia el fondo de la nave, junto a las huellas más borrosas de unos neumáticos de carretilla o vagón pequeño.
—Trozos de cadena intactos en la puerta, pero polvo removido dentro —observó Izan, alzando la vista hacia su jefa—. O tienen otra entrada que no conocemos, o alguien tiene copias de las llaves.
—O ambas cosas —apostilló Lidia.
Avanzaron con cuidado, siguiendo las marcas del suelo sin pisarlas. El espacio era enorme, dominado por la imponente estructura del antiguo horno de fundición, una mole de hierro y ladrillo refractario que se alzaba en el centro de la estancia como un monstruo dormido.
El doctor Serra y dos técnicos de la policía científica entraron tras ellos cargados con sus maletines de metales y luces forenses.
—Doctor Serra, concéntrese en la mesa de trabajo principal y en la boca del horno —indicó Lidia—. Buscamos restos de cera de moldeo o limaduras de cobre recientes.
—Irá rápido, inspectora —asintió Serra, ajustándose los guantes de nitrilo azul y desplegando la luz ultravioleta—. Si han fundido metal aquí hace poco, la grasa de las herramientas o los residuos químicos habrán dejado huella.
Mientras los técnicos comenzaban a peinar la zona, Izan se acercó a un viejo banco de trabajo de madera carcomida, repleto de herramientas oxidadas y cajones entreabiertos.
Pasó la luz de su linterna por la pared posterior, donde colgaban siluetas marcadas en la pintura desgastada para ubicar tenazas y martillos.
—Lidia, mira esto —llamó el subinspector.
Lidia se acercó a su lado. En el extremo del banco de trabajo, casi oculta bajo un trapo mugriento impregnado de grasa, había una pequeña caja de madera con cierre de latón.
Izan sacó un pincel y un lápiz de grafito de su bolsillo para no alterar posibles impresiones dactilares y levantó la tapa con cautela.
Dentro no había herramientas.
Sobre un lecho de terciopelo azul envejecido descansa un molde de yeso refractario partido en dos mitades. Al juntarlas visualmente, la cavidad interior dibujaba con precisión milimétrica una espiral perfecta.
—El molde del medallón —murmuró Lidia, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso—. Es la matriz original.
—Y hay algo más debajo del terciopelo —dijo Izan. Con una pinza metálica apartó la tela gastada.
Oculta en la base de la caja había una fotografía impresa en papel fotográfico convencional, ligeramente doblada por las esquinas.
Lidia inclinó la linterna para verla mejor. En la foto aparecía una muchacha joven, sonriente, posando en la cubierta de un velero. Llevaba el pelo revuelto por el viento y una cadena al cuello.
Era Mara Barranco. La víctima de 2014.
Pero lo que heló la sangre de Lidia no fue la imagen de la chica muerta doce años atrás, sino lo que había escrito en la parte trasera del papel con rotulador negro de trazo firme:
«La primera no fue un error. La segunda tampoco.»
Lidia miró a Izan. El subinspector tenía la mandíbula encajada.
—Esto no es un imitador —dijo Izan con voz baja y tensa—. El que hizo el medallón de Valentina Soler tenía la foto original de Mara. El asesino de 2014 sigue aquí fuera.
—Y se ha encargado de dejarnos una nota en la puerta de casa —completó Lidia, girándose bruscamente hacia el jefe de seguridad, que los observaba desde la distancia con el rostro desencajado.