Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

El área del antiguo astillero de Puerto de la Roca era una estampa de contrastes.

A la izquierda, la zona moderna lucía grúas de última generación, yates de gran eslora e instalaciones flamantes financiadas por el grupo empresarial de Fernando Soler.

A la derecha, separada por una alta valla de malla metálica, agonizaba la zona vieja: talleres abandonados, vigas oxidadas por el salitre y naves de ladrillo visto con los cristales rotos.

Lidia e Izan aparcaron junto a la oficina central de la parte nueva. Al bajar del vehículo, el olor a gasóleo, pintura marina y salitre era casi sofocante.

Un empleado con casco protector los guio de inmediato hacia el despacho de la dirección, situado en la segunda planta de una estructura con fachada de cristal reflectante que dominaba toda la dársena.

Fernando Soler los esperaba de pie tras un imponente escritorio de madera clara.

Era un hombre en torno a los sesenta años, de pelo canoso engominado hacia atrás y rostro curtido por el mar.

Llevaba un traje oscuro de corte impecable, pero la corbata estaba ligeramente torcida y sus ojos, enrojecidos y hundidos, delataban que no había pegado ojo en toda la noche.

Junto a él, de pie y con la postura erguida de un guardaespaldas veterano, estaba el jefe de seguridad de la empresa, un hombre de mediana edad con una visible cicatriz en la ceja.

—Inspectora Barral —dijo Soler sin rodeos, con la voz rota por el dolor y la rabia—. Supongo que vienen a decirme que ya tienen al desgraciado que le hizo esto a mi hija.

—Estamos en ello, señor Soler —respondió Lidia con tono profesional pero firme—. Comprendo su dolor, pero necesitamos que nos ayude a encajar las piezas de las últimas horas de Valentina.

Soler apretó los puños sobre el escritorio.

—Mi hija era una chica tranquila. No tenía enemigos. Se dedicaba a la gestión de la fundación cultural de la empresa. ¿Por qué le han hecho esto?

—Eso es lo que estamos intentando averiguar —intervino Izan—. Señor Soler, sabemos que hace tres días Valentina sacó seis mil euros en efectivo de su cuenta bancaria. Y ayer por la tarde sacó un billete de autobús hacia Barcelona. ¿Tenía algún problema? ¿Le comentó si se sentía amenazada?

El empresario miró a su jefe de seguridad durante un segundo imperceptible antes de volver a fijar la vista en Lidia.

—No sé nada de ese dinero ni de ningún viaje —aseguró Soler, aunque la tensión en los hombros lo delataba—. Mi hija no tenía ninguna necesidad económica. Si necesitaba algo, me lo habría pedido a mí.

—El comisario nos dijo que su abogado mencionó que Valentina estaba nerviosa últimamente —recordó Lidia, dando un paso hacia la mesa.

—Son figuraciones —zanjó Soler con dureza—. Estaba estresada por la organización de la regata anual, nada más.

Lidia decidió cambiar de rumbo y lanzar el anzuelo.

—Señor Soler, ¿cuándo fue la última vez que se usó la vieja nave de fundición de la zona abandonada del astillero?

El silencio cayó en el despacho como una losa. Soler parpadeó, sorprendido por la pregunta. El jefe de seguridad dio un leve paso al frente, pero el empresario le hizo una señal con la mano para que se mantuviera al margen.

—Esa nave lleva clausurada más de diez años —respondió Soler, frunciendo el ceño—. Desde que modernizamos los talleres y dejamos de fabricar piezas de bronce y cobre para la maza de las anclas. Nadie entra allí. ¿A qué viene esa pregunta?

—La prueba hallada en el cuerpo de su hija se fabricó con un molde artesanal —explicó Izan—. Un molde de fundición.

—¿Insinúa que quien mató a mi hija usó mis instalaciones? —preguntó Soler, alzando la voz por primera vez, herido en su orgullo.

—Insinúo que debemos inspeccionar esa nave —dijo Lidia con frialdad—. Necesitamos las llaves y el permiso para que la científica trabaje allí.

Soler miró a Lidia durante unos eternos segundos. Luego se giró hacia su jefe de seguridad.

—Acompaña a la inspectora y al subinspector a la nave tres. Y dale acceso total a lo que pidan.

—Señor Soler —añadió Lidia antes de salir—. Una última pregunta. En 2014, cuando ocurrió el crimen de Mara Barranco, ¿quién tenía acceso a ese taller de fundición?

El empresario se tensó de nuevo, apoyando las manos en la mesa.

—En 2014 trabajaban allí más de cincuenta operarios, inspectora. Incluido el chico al que ustedes encerraron: Julián Romero. Él era aprendiz de soldador en esa misma nave.