CAPÍTULO 6
El trayecto de vuelta desde el centro penitenciario de Montealto hasta la comisaría transcurrió en un silencio tenso. Lidia conducía con las manos apretadas sobre el volante de su coche oficial, viendo caer las primeras gotas de una lluvia fina que empezaba a empapar el parabrisas.
A su lado, Izan repasaba en su libreta las notas que había tomado durante el vis a vis.
—Romero es un condenado por asesinato, Izan. Haría cualquier cosa por abrir una vía de revisión de su pena.
—Sí, pero el medallón de Valentina Soler está sobre la mesa de la forense —replicó Izan, girándose hacia ella—. Esa parte no se la ha inventado. O Julián tenía un cómplice que ha vuelto a actuar doce años después, o encerramos al hombre equivocado.
Lidia aprieto los dientes. La frase retumbó en el habitáculo como un latigazo.
Encerramos al hombre equivocado. En 2014 ella solo era una joven inspectora de escala básica, pero estuvo en las batidas, tomó declaraciones y confió a ciegas en el atestado que redactó el antiguo comisario, hoy ya jubilado.
—No nos precipitemos —dijo Lidia con voz firme, poniendo el intermitente para entrar en el casco urbano del Puerto de la Roca—. Mañana primera hora hablaré con el antiguo comisario, pero ahora tenemos una víctima reciente y un escenario que procesar. ¿Qué tenemos sobre Valentina Soler?
Izan consultó la pantalla de su teléfono móvil.
—La autopsia preliminar confirma asfixia por sofocación previa, igual que con Mara Barranco —dijo la forense sin rodeos nada más verlos entrar—.
Los pulmones estaban limpios, sin una sola gota de agua, lo que confirma que ya estaba muerta cuando la depositaron en el espigón.
Sin marcas de lucha, sin restos biológicos de terceros bajo las uñas.
La muerte se produjo entre las dos y las cuatro de la madrugada. Y hay algo más sobre la víctima.
—Te escucho.
—He estado revisando las cuentas y los últimos movimientos de Valentina.
Tres días antes de su muerte, retiró seis mil euros en efectivo de una sucursal del centro.
Además, el billete de autobús a Barcelona que llevaba en el abrigo no lo compró por internet; lo pagó en efectivo en la máquina de la estación ayer por la tarde, justo antes de ir a la gala del club náutico .
—Estaba desesperada por irse —murmuró Lidia—. Alguien la estaba presionando o amenazando. ¿Qué dice la familia?
—El padre, Fernando Soler, está fuera de sí. Ha montado un gabinete de crisis en el astillero y ha traído a su propio equipo de abogados. Exige ver el atestado antes de mediodía.
—El señor Soler se va a tener que aguantar —dijo Lidia, aparcando el coche frente a la puerta trasera de la comisaría—. Ningún civil ve un atestado en curso, por muy rico que sea.
Entraron en el edificio por la zona de acceso restringido. El ambiente en la planta principal era un caos de llamadas telefónicas, periodistas agolpados en la entrada exterior con paraguas y agentes corriendo con carpetas de un lado a otro.
Lidia e Izan se dirigieron al laboratorio de la policía científica, en el sótano. Allí los esperaba el doctor Serra, el forense, de pie frente a una mesa metálica donde descansaban los efectos personajes hallados en el cadáver de Valentina.
En el centro, sobre una bolsa de evidencias transparente, brillaba la espiral del medallón de cobre.
—He analizado el metal —dijo el forense sin rodeos nada más verlos entrar—. Es una aleación idéntica a la del caso de 2014. Cobre con un alto porcentaje de impurezas de hierro. No es una pieza de joyería comercial.
—¿Se fabricó a mano? —preguntó Izan.
—Casi con seguridad. Y hay algo más intrigante —el forense señaló con una pinza un pequeño surco en el borde del medallón—. Esto no es un rasguño por el paso del tiempo. Es una marca de molde. El artesano que hizo este medallón usó una matriz única.
Lidia se acercó a la mesa, observando el objeto sin tocarlo.
—Un molde artesanal... —musitó Lidia—. Si la pieza es única o de tirada muy corta, tuvo que salir de un taller local. Un taller con acceso a fundición de metales.
Izan miró a Lidia de inmediato, leyendo su pensamiento antes de que lo dijera en voz alta.
—El astillero —dijo el subinspector.
—El astillero viejo —asintió Lidia con una sombra de sospecha en la mirada—. La nave de fundición que Fernando Soler cerró hace diez años.