CAPÍTULO 5
El Centro Penitenciario de Montealto parecía una fortaleza de hormigón gris diseñada para tragar la luz del sol. El sonido de los portones metálicos cerrándose a la espalda de Lidia e Izan retumbó con un eco seco y pesado.
Tras pasar dos controles de seguridad y dejar sus placas y armas reglamentarias en una taquilla blindada, un funcionario los guio por un pasillo desnudo hasta la sala de visitas interprofesionales.
Era un cuarto pequeño, de paredes desconchadas, con una mesa de madera atornillada al suelo y dos sillas a cada lado.
Una mampara de metacrilato sucia dividía la estancia en dos.
Lidia se sentó en la silla de madera gastada. Notaba las palmas de las manos frías. Izan permaneció de pie junto a la puerta, apoyado en el marco, observando cada movimiento de su jefa.
La puerta del lado opuesto se abrió con el sonido metálico de un cerrojo.
Julián Romero entró arrastrando ligeramente los pies.
Ya no era el muchacho de veintidós años de la fotografía de la ficha policial.
El paso de doce años en prisión le había marcado el rostro con arrugas profundas alrededor de los ojos y una expresión de permanente cansancio.
Llevaba un chándal gris desgastado y la mirada hundida.
Se detuvo al ver a Lidia. Hubo un segundo de duda en sus ojos, un chispazo de reconocimiento que duró apenas un instante antes de transformarse en una mueca de amargura.
Se sentó al otro lado de la cristalera sin prisa alguna y cogió el teléfono de baquelita negra de la pared. Lidia imitó su gesto y se pegó el auricular a la oreja.
—Subinspectora Barral —dijo la voz de Julián a través del altavoz, grave y rasposa—. O debería decir inspectora. Veo que a usted sí le han ido bien las cosas en estos doce años.
—Julián —saludó Lidia con tono neutro, ignorando el dardo.
—¿A qué ha venido? —preguntó él, apoyando los antebrazos sobre la mesa—. Mi abogado me dijo que la revisión de la condena estaba denegada. Así que dudo que venga a decirme que ha encontrado al verdadero culpable.
—Ha aparecido una chica muerta esta mañana en el puerto —soltó Lidia sin rodeos, estudiando cada microexpresión de su rostro.
Julián ni parpadeó. Sostuvo la mirada de la inspectora con una calma helada.
—Lo siento por ella. Pero como comprenderá, tengo una coartada bastante sólida para anoche. Llevo cuatro mil cuatrocientos días metido en esta jaula.
—El cuerpo estaba colocado en el espigón central —continuó Lidia, ignorando su sarcasmo—. Vestida de seda azul. Sin agua en los pulmones. Y con un medallón de cobre con una espiral grabada entre las manos.
Esta vez, Julián no pudo disimular. Un leve temblor recorrió su mandíbula y se incorporó en la silla, aferrando el auricular con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Qué ha dicho? —susurró.
—Lo mismo que con Mara —intervino Lidia—. La misma escena. El mismo símbolo.
Julián negó con la cabeza varias veces, con la mirada perdida en la mesa metálica. Su respiración se aceleró de golpe.
—No... No, eso es imposible —balbuceó, mirando a Lidia con pánico—.
Ustedes me dijeron en los interrogatorios que nadie más conocía el detalle del medallón.
Me juraron que solo el asesino podía saber que Mara lo llevaba en la mano.
¡Por eso me pudrí en esta celda! ¡Porque dijeron que no había nadie más!
—Julián, mírame —ordenó Lidia con voz firme...Si no fuiste tú hace doce años, o si tuviste ayuda, este es el momento de hablar. ¿A quién le contaste lo del medallón? ¿A algún compañero de celda? ¿A alguien de tu entorno antes de entrar aquí?
Julián levantó la cabeza de golpe. Sus ojos estaban inyectados en sangre y una ráfaga de rabia contenida le deformó el rostro.
—¡Yo no maté a Mara! —gritó contra el auricular, haciendo que el funcionario al otro lado de la puerta pusiera la mano en la porra—.
¡Se lo dije mil veces! ¡Le supliqué que me creyera!
Mara y yo encontramos ese maldito medallón una semana antes en la playa.
Ella se lo quedó porque le pareció curioso.
¡Alguien nos estaba vigilando desde entonces!
Lidia sintió una punzada en el estómago. Ese dato no constaba en ningún informe de la investigación original.
—¿Encontrasteis el medallón juntos? —preguntó Lidia, inclinándose hacia la pantalla.
—¡Sí! —dijo Julián, con la voz a punto de quebrarse—.
Y cuando la policía me detuvo, les hablé de la persona que nos seguía cerca del astillero.
Un hombre con un coche oscuro. Pero su jefe, el comisario viejo, rompió mis declaraciones.
Querían un culpable rápido para cerrar el caso y me eligieron a mí.
Julián dejó caer el auricular, que quedó colgando de su cable espiral golpeando la pared metálica. Se levantó bruscamente y le hizo una señal al guardia para que le abriera la puerta.
Antes de salir, se giró por última vez hacia Lidia y la miró a través del cristal.
—Si hay otra chica muerta con ese medallón, inspectora... la sangre de esa inocente también está en sus manos. Por no haberme escuchado hace doce años.