Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El despacho del comisario Bermúdez era el único espacio de la planta superior que tenía luz natural de verdad. A través de los ventanales se divisaba la entrada del puerto y la línea gris del horizonte sobre el mar.

Cuando Lidia e Izan entraron, el comisario estaba de pie tras su mesa de roble, hablando acaloradamente por el teléfono fijo.

Tenía la corbata desabrochada y las mangas de la camisa remangadas hasta los codos.

Con la mano libre les hizo una señal imperiosa para que se sentaran en las dos sillas de confidencial.

—Le aseguro que la policía está empleando todos los recursos disponibles, señor alcalde —decía Bermúdez con tono conciliador pero tenaz—. Entiendo la gravedad de la situación... Sí, por supuesto. En cuanto tengamos confirmación oficial le llamaré personalmente.

El comisario colgó el auricular con un golpe seco, dejó escapar un resoplido y se dejó caer en su sillón de piel. Se pasó la mano por la frente calva, visiblemente desbordado.

—La prensa local ya tiene la noticia en portada —dijo Bermúdez, mirando fijamente a Lidia—. Y la prensa nacional no tardará ni dos horas en plantar las cámaras en la puerta de la comisaría.

—Aún no hemos filtrado ningún dato del cuerpo —intervino Lidia, manteniendo la calma.

—No ha hecho falta que filtremos nada —replicó el comisario, apoyando los codos sobre la mesa—.

Alguien vio cómo sacaban el cadáver del espigón a primera hora y lo subió a las redes sociales.

A las ocho de la mañana el padre de la chica ya estaba en la puerta de urgencias del hospital reclamando información.

Lidia frunció el ceño.

—¿Quién es la víctima, comisario?

Bermúdez suspiró y deslizó sobre la mesa un folio impreso con los datos de filiación que acababan de llegar de la central.

—Se llamaba Valentina Soler. Veinticuatro años.

Izan, que seguía la conversación en silencio a su lado, dio un leve respingo al oír el apellido.

—¿Soler? —preguntó el subinspector—. ¿Como el empresario naval?

—Su única hija —confirmó Bermúdez con amargura—. Fernando Soler, el hombre que financia la mitad de las obras del nuevo puerto deportivo y el principal accionista del astillero de la villa. El mismo que financió la campaña electoral del actual alcalde.

Lidia cogió el folio y repasó los datos. Valentina Soler. Una chica joven, de familia adinerada, sin antecedentes ni problemas aparentes.

—¿Cuándo la vieron por última vez? —preguntó Lidia.

—Anoche, sobre las once —respondió Bermúdez—. Salió de una cena de gala en el club náutico. Iba sola. Dijo que quería dar un paseo por el puerto antes de volver a casa. Su coche sigue aparcado en el parking del club, intacto.

—Cincuenta metros antes del espigón donde la encontramos —murmuró Lidia para sí misma.

—Fernando Soler exige respuestas, Lidia —dijo el comisario, alzando el tono de voz y señalándola con el índice—. Quiere cabezas. Y no me va a temblar el pulso si tengo que traer refuerzos de la capital para llevar este caso.

Lidia sostuvo la mirada de su superior sin pestañear.

—No hacen falta refuerzos de la capital, Bermúdez. Llevo veinte años en este puerto y conozco cada rincón de la costa.

—Pues demuéstralo —dijo el comisario—. Porque hay algo más. El abogado de Soler me ha dicho que la chica llevaba semanas nerviosa, como si alguien la estuviera siguiendo. Y hay un detalle que no me cuadra.

—Diga.

—En el bolsillo de su abrigo hemos encontrado un billete de autobús para esta misma mañana. Un billete de solo ida a Barcelona.

Lidia e Izan se cruzaron una rápida mirada.

—Estaba huyendo —concluyó Izan.

—O intentándolo —corrigió Lidia. Se puso de pie y se ajustó la gabardina—. Comisario, necesito autorización para visitar la cárcel de la provincia esta misma tarde.

Bermúdez se quedó helado. La expresión de su cara cambió por completo, pasando del enfado a la desconfianza.

—¿A la cárcel? ¿Para qué narices quieres ir a la cárcel, Lidia?

Lidia no dudó ni un segundo.

—Porque el asesino de Valentina Soler ha dejado una firma en la escena del crimen. La misma firma que encontramos en el cadáver de Mara Barranco hace doce años.

El comisario se puso de pie bruscamente, apoyando las dos manos sobre el escritorio.

—Eso es imposible. Julián Romero está encerrado en una celda de máxima seguridad. Cumple condena desde 2014.

—Lo sé —dijo Lidia con voz helada—. Y precisamente por eso necesito mirarle a los ojos y preguntarle quién más sabía lo del medallón.