CAPÍTULO 3
La comisaría de Puerto de la Roca olía a café pasado, humedad y papel viejo. Era un edificio de tres plantas construido en los años ochenta que pedía a gritos una reforma.
Lidia cruzó la sala de máquinas sin saludar a nadie. Caminaba a pasos largos, con la gabardina abierta y la bolsa con el medallón bien guardada en el bolsillo. Izan la seguía de cerca, esquivando las mesas de los agentes que apuraban sus primeros cafés del turno de mañana.
Entraron en el archivo del sótano. Era una habitación pequeña, sin ventanas, atestada de estanterías metálicas repletas de cajas de cartón con etiquetas gastadas.
—Cierra la puerta, Torres —dijo Lidia, encendiendo el fluorescente del techo, que parpadeó un par de veces antes de iluminar el cuarto con una luz fría.
Izan obedeció y se apoyó contra la puerta de madera.
—¿Buscamos la carpeta a mano? —preguntó.
Lidia no respondió. Fue directa a la última estantería del fondo, la que estaba cubierta por una capa de polvo más espesa. No le hizo falta buscar demasiado. Conocía la posición de esa caja de memoria. Había pasado demasiadas noches de su juventud frente a ella.
Tiró de la caja de cartón y la apoyó sobre la única mesa de madera de la estancia. Levantar la tapa provocó una pequeña nube de polvo que los hizo toser a ambos.
Dentro había dos carpetas de color marrón atadas con una goma elástica pasada por el tiempo. En la etiqueta superior se leía a rotulador negro: CASO MARA BARRANCO. 2014.
—Mara Barranco —leyó Izan por encima de su hombro—. ¿Esa fue la víctima de hace doce años?
—Diecinueve años. Estudiante de biología —dijo Lidia mientras deshacía el nudo de la goma y abría la carpeta—. Apareció una mañana de noviembre en el mismo espigón. Con la misma postura, el mismo vestido de seda azul y el mismo medallón entre los dedos.
Izan abrió mucho los ojos.
—¿El mismo lugar exacto?
—Mismo sitio, misma puesta en escena. La única diferencia es que a Mara sí la ahogaron en el mar antes de colocarla allí.
Lidia abrió la primera carpeta. Las fotografías en papel fotográfico brillante mostraron la escena del crimen original. Las imágenes eran impactantes. Si no fuera por la calidad de la foto, cualquiera habría dicho que se trataba de la chica que acababan de ver en la morgue esa misma mañana.
Izan se acercó más, analizando cada detalle con ojo clínico.
—Si la escena es idéntica, ¿por qué detuvieron a Julián Romero?
Lidia sacó una ficha con la fotografía de un hombre de apenas veintidós años, de mirada esquiva y mandíbula marcada.
—Julián era el novio de Mara. Discutieron la noche anterior en un pub del puerto. Varias personas los vieron gritarse. Además, la policía encontró restos de piel de Mara bajo las uñas de Julián y una mancha de sangre de la chica en el maletero de su coche.
—Eso suena a un caso bastante claro, inspectora —comentó Izan, frunciendo el ceño—. Tienes prueba forense y motivo.
—Eso pensó el comisario de entonces —replicó Lidia, fijando la vista en la foto de Julián—.
El caso se cerró en tres días. Julián juró que era inocente, que la sangre del maletero era de un corte que Mara se había hecho semanas antes ayudándole a cargar unas cajas, pero nadie le creyó. Le cayeron veinte años de prisión.
—¿Y el medallón? —preguntó Izan—. ¿Se filtró a los periódicos que la víctima tenía esa pieza entre las manos?
Lidia negó con la cabeza rotundamente.
—Jamás. El detalle del medallón se guardó como prueba de convicción exclusiva.
Ni siquiera apareció en las noticias de la época.
Solo cuatro personas sabíamos que Mara tenía ese trozo de cobre entre los dedos: el forense que hizo la autopsia, el comisario, el fiscal...
y yo, que era una subinspectora novata encargada de tomar notas.
El silencio se apoderó del archivo. El zumbido del fluorescente parecía más alto que nunca.
Izan se pasó la mano por la nuca, procesando la información.
—O sea, que solo hay dos opciones. O la persona que mató a esta chica anoche estuvo presente en la escena del crimen de hace doce años... o Julián Romero no mató a su novia.
—Hay una tercera opción que me gusta bastante menos, Torres —dijo Lidia, cerrando la carpeta de golpe, provocando un chasquido que resonó en el sótano.
—¿Cuál?
—Que Julián tuviera un cómplice que nunca descubrimos. Y que ese cómplice haya decidido volver a actuar anoche.
En ese momento, el teléfono móvil de Lidia comenzó a vibrar sobre la mesa metálica, rompiendo la tensión. En la pantalla aparecía el nombre del comisario general.
Lidia descolgó sin quitar la vista de las fotos antiguas.
—Barral —dijo.
—Lidia, sube a mi despacho ahora mismo —ordenó la voz grave de su superior al otro lado de la línea—. Tengo a la prensa colapsando la centralita y a un abogado en la entrada diciendo que representa a la familia de la chica muerta en el puerto. Y créeme, no te va a gustar saber de quién es hija.