CAPÍTULO 2
El depósito de cadáveres de Puerto de la Roca olía a desinfectante barato y a metal frío.
Eran las ocho de la mañana y la luz clara del amanecer apenas lograba colarse por los ventanales traslúcidos del sótano. Sobre la mesa de acero inoxidable, el cuerpo de la mujer parecía aún más pálido bajo los tubos fluorescentes que parpadeaban en el techo.
El doctor Serra, un forense veterano con cara de pocos amigos y las gafas de pasta apoyadas en la punta de la nariz, se quitó los guantes de látex con un chasquido seco.
—Ni una sola gota de agua en los pulmones, Lidia —dijo, apoyando las manos en la cintura—. No murió ahogada. Ni en el mar, ni en una bañera.
Lidia Barral estaba apoyada contra la pared al fondo de la sala, con los brazos cruzados sobre la gabardina. A su lado, Izan sostenía la libreta digital, tomando notas en silencio.
—¿Causa de la muerte? —preguntó Lidia.
—Parada cardiorrespiratoria provocada por una sobredosis de benzodiacepinas. La sedaron hasta dejarla inconsciente y luego le pararon el corazón. No sufrió. O al menos, no se enteró de lo que le hacían.
—¿Y el cuerpo? —intervino Izan, dando un paso adelante—. Llevaba un vestido de seda azul. ¿Estaba mojado?
—De cintura para abajo, por la humedad de las rocas y la bruma de la madrugada —respondió el forense—. Pero no estuvo dentro del agua. La vistieron, la peinaron y la colocaron en ese espigón con todo el cuidado del mundo. La persona que lo hizo se tomó su tiempo.
Lidia dio un par de pasos hacia la mesa. Observó el rostro de la mujer. Tenía un rasgo sereno, casi pacífico, que le daba un aire profundamente inquietante.
—¿Tenemos ya la identificación? —preguntó Lidia, mirando a su nuevo subinspector.
—Aún no hay coincidencias con las huellas en la base de datos nacional —contestó Izan, pasando el dedo por la pantalla de su tableta—.
He cruzado su rostro con el sistema de reconocimiento facial de personas desaparecidas en la provincia en las últimas cuarenta y ocho horas.
Cero resultados. Es como si no existiera.
—Existe —dijo Lidia con voz firme—. Nadie aparece muerto en un espigón por arte de magia. Sigue buscando en la base de datos regional y amplia el rango a seis meses.
—Entendido, inspectora.
Lidia metió la mano en el bolsillo de su gabardina y sacó una bolsa de plástico transparente con cierre hermético. En su interior, el medallón de cobre devolvía un reflejo apagado bajo los fluorescentes.
—Serra —dijo Lidia, mostrando la bolsa al forense—. ¿Has analizado la pieza?
El doctor Serra suspiró y se recolocó las gafas.
—Es cobre antiguo. Tiene restos de salitre seco y micropartículas de arena, pero nada de ADN útil en la superficie. Quien lo colocó entre sus manos llevaba guantes. Lo único relevante es el grabado.
Lidia no necesitaba que se lo explicaran. Miró fijamente la espiral imperfecta tallada en el centro del metal. Un símbolo feo, tosco, marcado a fuego.
—Es el mismo —murmuró ella para sí misma.
Izan frunció el ceño, observando la reacción de su jefa.
—Inspectora, en la escena del crimen dijo que había visto un objeto igual hace doce años. He revisado los archivos digitales de la comisaría de camino hacia aquí y no he encontrado ningún expediente abierto que coincida con este patrón.
Lidia dejó escapar una sonrisa amarga y guardó la bolsa de nuevo en el bolsillo.
—No lo vas a encontrar en la base de datos digital, Torres. Hace doce años las cosas se archivaban en papel y en carpetas de cartón marrón.
—¿De qué caso se trata?
Lidia echó a andar hacia la puerta de salida de la morgue sin esperar a su compañero.
—Del caso por el que mi antiguo jefe se jubiló antes de tiempo —dijo, abriendo la puerta de golpe—. Y del motivo por el cual hay un hombre llamado Julián Romero cumpliendo una condena de veinte años en la cárcel de la provincia.
Izan apuró el paso para ponerse a su altura en el pasillo.
—Si el asesino de entonces está en prisión... ¿esto es un imitador?
Lidia se detuvo en seco junto al ascensor y se giró para mirar a Izan directamente a los ojos.
—O un imitador que conoce detalles que nunca se filtraron a la prensa... o cometimos el mayor error de nuestras vidas y metimos a un inocente entre barrotes mientras el verdadero monstruo seguía libre.
Izan se quedó en silencio. El indicador del ascensor bajó con un timbre metálico.
—Abre el archivo viejo, Torres —ordenó Lidia, subiéndose al ascensor—. Nos vamos a la comisaría. Quiero ver esa carpeta antes de que se entere la prensa.