Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 1
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Lo que el mar devuelve

Lo que el mar devuelve

Por Sonja Menrod

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CAPÍTULO 1

El mar en Puerto de la Roca no olvida; solo espera el momento adecuado para devolver lo que no le pertenece.

A las cinco y media de la mañana, la bruma no era una simple niebla costera.

Era una cortina espesa y salina que se pegaba a la piel como aceite frío.

El viento del este soplaba con la pereza helada de finales de octubre, arrastrando contra el espigón del faro el sonido sordo de las olas al reventar contra la escollera.

La inspectora Lidia Barral no escuchaba el mar. Escuchaba el zumbido de sus propios nervios.

Apuró el último trago de un café amargo de vaso de cartón y lanzó el envase a un contenedor verde golpeado por el salitre.

El líquido frío no sirvió para despabilar el cansancio que arrastraba desde hacía meses, pero el fogonazo de los rotativos azules parpadeando entre la niebla terminó de despejarle la mirada.

Cruzó el cordón policial amarillo.

—Inspectora —saludó el agente de guardia, sujetándose la visera con la cara pálida—. Está al final del espigón. Los de la Científica acaban de llegar, pero nadie ha tocado nada.

—¿Quién lo ha encontrado? —preguntó Lidia. Su voz sonó grave, gastada.

—El patrón de un barco de arrastre. Salía a faenar a las cinco y vio un bulto desde la bocana. Pensó que era una boya de fondeo suelta... hasta que enfoco con el proyector de proa y vio la ropa.

Lidia no respondió. Ajustó el cuello de su gabardina oscura y echó a andar sobre los bloques de piedra.

A cada paso, el olor a salitre, algas en descomposición y diésel se volvía más denso.

Al fondo, la silueta del viejo faro recortaba la penumbra con su destello blanco cada seis segundos.

Un pulso constante. Un metrónomo en mitad de la nada.

A medio camino, una figura joven pertrechada con un mono blanco de protección y una maleta rígida de aluminio se giró al oír sus pisadas.

—Inspectora Barral. Soy Izan Torres. Me han transferido hoy desde la Central —dijo el joven, ofreciendo una mano enguantada en látex azul antes de darse cuenta del error y retirarla con torpeza—. Perdón. El protocolo.

Lidia observó al muchacho un segundo. No debía de llegar a los treinta. Mirada limpia, ojeras frescas y esa pulcritud exagerada del que todavía cree que la escena de un crimen se parece a las diapositivas de la academia.

—Bienvenido a la costa, Torres —dijo ella, fijando la vista en el punto iluminado por los focos de la Científica—. Dime que no es lo que me huelo.

—Es una mujer —respondió Izan, encendiendo una tableta digital cuya luz azulina le iluminó el rostro—. O lo que queda de ella. Pero... hay algo raro, inspectora. Muy raro.

Lidia se calzó los patucos de plástico sobre las botas y avanzó hasta el límite de las rocas.

El cadáver no estaba flotando. Tampoco lo había arrastrado la marea.

Estaba sentado.

La víctima, una mujer de unos treinta años, permanecía erguida, con la espalda apoyada contra el bloque principal de la escollera y las piernas extendidas hacia el mar.

Llevaba un vestido de seda azul marino, impecable, seco de cintura para arriba.

Las manos estaban colocadas sobre el regazo, cruzadas con una delicadeza casi litúrgica, y la cabeza permanecía inclinada hacia atrás, mirando al horizonte oscuro donde el mar se fundía con el cielo.

No había signos de violencia evidente. Ni golpes, ni sangre, ni las rozaduras brutales que dejan las rocas cuando el oleaje empuja un cuerpo impotente. Tenía la piel pálida, como de porcelana, y los ojos abiertos, fijos en las nubes.

—No se ha ahogado —murmuró Lidia, arrodillándose a un metro sin romper el aire alrededor del cuerpo.

—La piel no presenta maceración hídrica severa —confirmó Izan, deslizando el dedo por la pantalla de su tableta—. Lleva como mucho dos o tres horas aquí. Alguien la trajo en brazos o caminando antes de que abrieran el acceso al puerto. Y hay algo más... Mire las manos.

Lidia inclinó la cabeza. Entre los dedos cruzados de la mujer, cuidadosamente encajado como si fuera una ofrenda o una firma, descansaba un pequeño objeto metálico cobrizo.

Un medallón antiguo. Corroído por el salitre.

A Lidia se le heló la sangre en las venas.

El sonido del oleaje se apagó de golpe en su cabeza, sustituido por un silbido agudo y punzante.

El tiempo pareció congelarse bajo la bruma.

Conocía ese medallón. Había visto uno exactamente igual, grabado con la misma espiral imperfecta, doce años atrás sobre una mesa de autopsias.

En un expediente que su antiguo equipo había cerrado en falso.

En un caso por el que un hombre inocente llevaba más de una década pudriéndose en prisión.

—Torres —dijo Lidia, y su voz recortó el viento con una frialdad absoluta—. Llama al juez de guardia. Y dile a la comisaría que cierren los accesos a la ciudad ahora mismo.

—¿Inspectora? ¿Sabe qué es esa pieza?

Lidia se puso en pie lentamente sin quitarle la vista de encima a la mirada vacía de la víctima.

—Sé que el hombre que metimos en la cárcel por un crimen idéntico a este no ha podido salir anoche a dar un paseo.