CAPÍTULO 19 SIEMPRE SERÁS TÚ #2
Me recargué en la cerca del patio, abrazándome a mí misma.
—Era una burbuja, Santi. Tú lo sabes mejor que nadie.
Tú y Vic ya están casi listos, construyendo cosas reales.
Me dijiste que antes de que terminara el verano iban a sentarse con los Montoya y con nuestros papás para hablar de sus planes.
Planes reales, tangibles. Mateo va a ir a perseguir el fútbol americano como si le debiera la vida, y su mundo va a ser un caos de entrenamientos, viajes y presión.
Yo tengo que seguir sobreviviendo a mi carrera, a la residencia y a cada obstáculo que venga.
No puedo ser la novia que él necesita en las gradas.
Yo necesito a alguien que esté conmigo en las trincheras.
Santiago me miró en silencio durante unos segundos. Pude ver cómo los engranajes de su cabeza empezaban a girar, analizando los hechos. Finalmente, soltó un suspiro largo y asintió.
—Eso es completamente verdad, Oli. Duele como el demonio ahora, lo sé, pero tienes razón. Esa vida a distancia con tu carrera te iba a destruir.
Me revolvió el cabello con cariño y me dio una media sonrisa.
—Estoy orgulloso de ti, enana.
—Gracias —murmuré, sintiendo que el pecho se me llenaba de calor—. Además... hay otra cosa que debo decirte.
Santiago detuvo su mano en el aire. Retiró el brazo lentamente y me miró con los ojos entrecerrados.
—¿Otra cosa? —repitió, arrastrando las palabras—. Olivia, por favor dime que no te metiste con alguien de la central del pueblo cuando fuiste por las amigas de las niñas.
—¡No seas idiota! —me reí, dándole un empujón en el hombro—. No es nadie del pueblo.
—Entonces, ¿quién...?
Se quedó callado. Sus ojos se abrieron un poco más de lo normal.
La mente analítica de mi hermano hizo un recuento rápido de las últimas semanas: el faro roto, la tensión constante, las miradas atravesadas en la sala, la forma en que cierto vaso de plástico casi se rompió en una mano la noche anterior.
—No me jodas... —susurró Santiago, pasándose ambas manos por la cara—. Oli. ¿Es Pato? ¿Mi otro mejor amigo Pato? ¿Patricio Villarreal?
El pánico me duró un microsegundo, pero la certeza que había encontrado esa mañana era más fuerte. Me erguí, levanté la barbilla y lo miré fijamente.
—Sí. Es Pato.
Santi soltó una carcajada incrédula, mirando hacia el techo del patio como si buscara respuestas divinas. Empezó a caminar en un círculo pequeño, murmurando cosas ininteligibles sobre el Jeep, el abogado y con razón querían matarse anoche.
Cuando finalmente se detuvo frente a mí, no había enojo en su rostro.
Solo un profundo e inmenso entendimiento.
—Maldita sea. Hacen demasiado sentido juntos. Pero al parecer debo dejar de tener mejores amigos guapos —admitió, rindiéndose—. Es el único enfermo por el control y la ambición que puede seguirte el ritmo, porque está igual de desquiciado que tú. Pero escúchame bien, Olivia.
Me apuntó con el dedo, usando su tono de hermano mayor y de futuro socio del bufete al mismo tiempo.
—Él será mi mejor amigo, pero tú eres mi hermana. Y si ese cabrón te hace llorar, entre Victoria y yo vamos a enterrarlo bajo demandas. ¿Entendido?
Me reí con ganas y me lancé a abrazarlo, escondiendo la cara en su hombro.
—Entendido. Gracias, Santi.
Él me devolvió el abrazo, dándome un beso en la coronilla.
—Ve a buscarlo, Liv —murmuró—. Antes de que mi instinto de hermano reaccione y decida golpearlo solo por si acaso.
Dejé a Santiago en el patio y no caminé.
Volé.
Sentía que el corazón me iba a reventar contra las costillas, bombeando una mezcla pura de adrenalina, pánico y una felicidad tan inmensa que casi me mareaba.
Atravesé la casa principal derrapando en el piso de madera, esquivando los sillones y subiendo las escaleras de dos en dos hasta llegar a la puerta de la habitación de Pato.
Giré la perilla de golpe.
Vacío.
La cama estaba perfectamente tendida.
—No, no, no —murmuré, sintiendo que la desesperación me cerraba la garganta.
Me di la vuelta y corrí hacia la cocina. Rocío, el ama de llaves de los Villarreal, estaba secando unas tazas mientras tarareaba una canción de la radio.
—¡Rocío! —exclamé, apoyándome en el marco de la puerta, intentando recuperar el aliento—. ¿Pato? ¿Dónde está Patricio?
La mujer dio un saltito por el susto y me miró con los ojos muy abiertos.
—Ay, niña, me espantaste. El joven Patricio salió hace como quince minutos. Traía ropa de deporte. Dijo que iba a correr por el sendero que lleva al faro viejo para despejar la cabeza.
No esperé a que terminara la oración.
—¡Gracias, Rocío, eres la mejor! —grité, dándome la vuelta.
Salí disparada por la puerta trasera. Mis tenis golpearon la tierra húmeda del sendero y no miré atrás.
El bosque alrededor del lago estaba denso, con los pinos filtrando los primeros rayos del sol.
Se sentía exactamente como estar atrapada en un laberinto, pero por primera vez en todo el verano, sabía hacia dónde corría.
Mis pulmones empezaron a quemar a los pocos minutos, pero no bajé el ritmo.
Corrí como nunca había corrido en mi vida.
Agradecí internamente cada maldita rutina de fuerza, cada gramo de proteína calculado y cada kilómetro que había sumado en el gimnasio, porque ahora mismo estaba usando toda esa resistencia para llegar al amor de mi vida.
Las ramas me rozaban los brazos, el viento me golpeaba la cara, y en mi cabeza solo había un ruido ensordecedor.
Es él.
Es él.
Es él.
A lo lejos, donde el sendero se abría hacia la colina del faro, vi una figura alta, vestida de negro, trotando a un ritmo constante.
—¡Pato! —grité.
Mi voz salió rota, ahogada por la falta de aire, pero el eco resonó entre los árboles.
Él se detuvo en seco. Giró sobre sus talones y, al verme correr hacia él como una desquiciada, su rostro pasó de la confusión al pánico absoluto en un segundo. Rompió su propia distancia y corrió hacia mí.
Chocamos a mitad del camino. Mis piernas finalmente cedieron, mi corazón latía increíblemente rápido y el aire en mis pulmones era casi inexistente. Puse las manos en mis rodillas intentando meter aunque fuera un poco más de oxígeno.
—¡Olivia! ¿Qué diablos? —exclamó, con el pecho subiendo y bajando, escaneándome de pies a cabeza con una urgencia aterradora—. ¿Qué pasó? ¿Por qué estás corriendo así? ¿Estás bien? ¿Alguien te hizo algo? ¡Habla!
Yo no podía formular una oración. Traté de jalar aire. Levanté la cara y lo miré. Tenía el ceño fruncido y los ojos claros llenos de terror por mí.
—Tú... —logré jadear.
—¿Yo qué, Liv? Me estás asustando, carajo.
Negué con la cabeza, tomé una bocanada enorme de aire y solté todo.
—Me vuelves loca, Patricio. Me sacas de mi cuadro perfecto. Eres arrogante, terco, insoportable... y estoy loca por ti.
Pato se quedó congelado.
Literalmente dejó de respirar.
La distancia que mantenía por no saber qué demonios estaba pasando se fue cortando poco a poco.
—Terminé con Mateo —solté, las palabras atropellándose en mi boca—.
Se acabó. Porque no quiero una vida en las gradas.
Quiero una vida donde te diga que me dejes en paz y tú entiendas exactamente lo contrario.
Quiero una vida donde llegues a mi lado después de un día pesado porque solo quieres mi presencia.
Quiero esa adrenalina absurda que me haces sentir con solo tocarme la mano.
Te quiero a ti, Patricio Villarreal. Eres el único que me hace sentir que el mundo real no me va a tragar viva.
Sus ojos empezaron a brillar con una intensidad que me quemó hasta el alma, pero no lo dejé hablar.
Necesitaba terminar.
—Te veo peleando conmigo en un departamento en la ciudad cuando yo regrese muerta de mis guardias. Te veo obligándome a comer cuando esté histérica por mis exámenes. Y te veo conmigo...
Le agarré el rostro con ambas manos, mirándolo con absoluta ferocidad.
—Te veo conmigo en Italia, tomando vino y celebrando que no morimos en el intento de ser los mejores en lo que hacemos. Eres tú, Patricio. Mi futuro eres tú.
Un sonido estrangulado salió de la garganta de Pato.
No dijo una sola palabra.
Sus manos fueron a mi cintura y me levantó del suelo con facilidad, abrazándome contra él como si necesitara comprobar que yo era real. Yo solté una risa rota, le rodeé el cuello con los brazos y él me besó con una desesperación feliz, contenida durante demasiado tiempo.
Fue un beso de película, de esos que te roban el oxígeno y te hacen olvidar en qué año vives. Sentí su sonrisa contra mis labios, enorme, arrogante y completamente rendida.
Cuando finalmente me bajó, mis pies tocaron la tierra, pero él no me soltó. Me mantuvo pegada a su pecho. Tenía los ojos brillantes y respiraba con la misma agitación que yo.
Me miró desde su altura, y esa sonrisa curva, petulante, su firma oficial de Patricio Villarreal, apareció en la comisura de sus labios.
—Te tardaste bastante —murmuró, pasándome el pulgar por la mejilla—. Pero siempre supe que tú, Olivia Caprio, no podrías resistirte a Patricio Villarreal. Era cuestión de tiempo.
Solté una risa sin aliento, sintiendo que el corazón por fin encontraba su lugar. Lo tomé de la nuca, acercando mi boca a la suya, y le sostuve la mirada con la misma intensidad.
—Tarado.
Y lo jalé para besarlo de nuevo, esta vez bajo mis propias reglas.
El bosque nos rodeó en silencio, con el lago brillando a lo lejos entre los árboles.
Por primera vez en todo el verano, no estaba corriendo para escapar.
Estaba corriendo hacia algo.
Hacia él.
Hacia mí.
Hacia una vida donde ya no tenía que traducirme.